Ella y yo, 10.30 h en GMT -4

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© Ana Asensio

Hoy he abierto los ojos, aún aturdida por los vinos de la noche. Llegué a casa resonando los tacones por las calles de Lastarria, huyendo de la lluvia que se venía. La primera lluvia de este otoño en mayo, que dibujaba manchas aceitosas rosadas y verdes en el asfalto. Al despertarme somnolienta, y pararme sobre mi colchón en el suelo,  una mano en la frente tanteando mi resaca, la otra rebuscando la toalla para empezar con agua caliente un nuevo día de trabajo, algo nuevo me ha hecho saltar hacia atrás sorprendida.

Allí estaba ella. La mágica, eterna y fuerte; la misteriosa, escurridiza y cambiante. La deseada. La temida. La Cordillera de los Andes.

Tras dos meses viviendo en Santiago, en una ciudad donde los coches rugen pintando de amarillo el aire, y las hojas de los árboles caen en abril, pintando de amarillo el suelo, la gran montaña que se extiende frente a mi ventana había permanecido oculta. El aire denso levantaba un velo entre ella y yo. Ahora nos miramos cara a cara. El agua sagrada lagrimeó toda la noche, tintando sus cumbres de blanco, moteando el cielo de gris, y proyectando rayos de sol que se reflejaban en sus laderas como espejos gigantes.

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He salido a la calle, vestida de negro como mi pelo, con el abrigo mostaza como mi ánimo, respirando el aire limpio y sintiendo cada partícula de la humedad. Como una cría chica, casi nerviosa aún por este encuentro, caminando hacia el metro como si mis botas se clavasen en blandas nubes, he comenzado un viaje mucho más largo. Una retrospectiva de esas que sólo los olores pueden provocar.

A cada paso hacia adelante, volaba hacia atrás, pasando por todas las ciudades lluviosas que he vivido, hasta llegar a Madrid. A ese viaje que hice cuando era niña, los cinco hermanos, a esa ciudad donde la gente corría por las calles, la primera metrópoli que visité, tan diferente de mi pequeña Almería. En ella, los días lluviosos olían a hojas secas mojándose en el suelo, empapándose desesperadamente antes de ser pisoteadas por oscuros y acelerados zapatos. En mi ciudad, los árboles se aferraban a sus verdes brazos como a un tesoro. Palmeras, Pinos, Encinas, adoraban sus frutos como manjar para un dios.

Pero Madrid las tiraba al suelo. No olía a tierra mojada del desierto. Tampoco al reseco tomillo recién bañado por el rocío. Madrid olía a churros recién hechos, al humo nuevo de los coches más madrugadores, danzando por el limpio aire que la lluvia acababa de dejar. Así se perfumaba Santiago esta mañana.

Sólo he tardado tres minutos desde mi portal en la Avenida Portugal hasta el metro Católica; Sólo han pasado dos horas desde entonces, pero aún se me encoge el pecho al recordarlo, al revivir, a cada paso. Santiago.

Texto: Ana Asensio Rodríguez / Fotografía: Ana Asensio Rodríguez / Primera publicación : Arte sin Blanca / 3 de Mayo de 2013

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