Esto no es un artículo de arquitectura.

Esto no es un artículo de arquitectura. Ni siquiera es un artículo. No es una crítica, ni un ensayo, ni ningún texto divulgativo. No es más que una carta de amor, tristemente, sin destinatario.

Es una carta de amor a quien me enseñó a mirar el mundo desde la ventanilla de una furgoneta, recorriendo países hasta donde el bolsillo llegara. Una carta a quien escribía poesías y canciones en papeles de cuadros, con una caligrafía que ahora se parece a la mía. Esto no son más que palabras, para esa persona que se perdía mirando la sensualidad de un aljibe encalado en Almería, o de la blanca arquitectura de César Manrique.

Pienso mucho en la infancia, quizás porque soy uno de esos seres nostálgicos. Pienso mucho, quizás porque cada día me veo más reflejada en esa niña que fui, en esa forma de vida que me regalaron, esos años mirando alrededor con ojos cristalinos. Sé que si algún día soy arquitecta, lo seré por esa niña que fui, esos años que viví, y ese padre que perdí.

Igual que Machado y “mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”, todas las almas sensibles miran lo que les rodea con el filtro violeta y amarillento de aquellos años atrás, ahora tan lejanos, siempre tan cercanos. Pocas veces encuentro a arquitectos hablando de su infancia, de sus padres, de aquellos que le dieron el regalo de mirar, de sentir, de amar. Pocas veces encuentro en las muchas palabras dedicadas a la arquitectura, una que hable de pasión, de amor, de inocencia, de sinceridad.

Mi padre me enseñó a amar la belleza. A esforzarme, a pelear. Porque a él nunca le regalaron nada, porque se lo quitaron todo, y dio lo que tenía. Porque tras esos ojos tristes había siempre una sonrisa pilla, enamorándose de la vida y de las personas que la hacían bella. Mi padre me enseño a querer a los demás. Quizás por eso hoy ando embarcada sin rumbo persiguiendo la belleza, quizás por eso sueño una arquitectura para las personas, sencilla, sincera, como la vida, como el amar.

Siento mucha cercanía con Barragán, cuando confiesa “mi obra es autobiográfica. […] En mi trabajo subyacen los recuerdos del rancho de mi padre donde pasé años de niñez y adolescencia, y en mi obra siempre alienta intento de trasponer al mundo contemporáneo la magia de esas lejanas añoranzas tan colmadas de nostalgia. Han sido para mí motivo de permanente inspiración las lecciones que encierra la arquitectura popular de la provincia mexicana: sus paredes blanqueadas con cal; la tranquilidad de sus patios y huertas; el colorido de sus calles y el humilde señorío de sus plazas rodeadas de sombreados portales”.

Me gustaría hablar en la intimidad de unas copas de vino con los arquitectos, despojarlos de las fachadas que inevitablemente han construido a su alrededor con los ladrillos de los años, arrebatarles la ambición de lograr más, la presión de sobrevivir, el miedo a fracasar. Me gustaría mirar a los arquitectos a los ojos, y buscar ese brillo cristalino y sincero, leer los secretos de su belleza soñada, de su arquitectura que quizás ahora sólo vive en los recuerdos.

Si algún día soy arquitecta, si alguna vez construyo, miraré los muros y sus ventanas tarareando “cerca del mar, porque yo, nací en el Mediterráneo”. Recodaré en cada datilera el sonido del viento en sus palmas, las sombras proyectadas en las rugosas paredes. Miraré los árboles y recordaré aquellas cabañas que construía en ellos cuando aún usaba sandalias de goma y llevaba corto el pelo. Cabañas que ahora sólo existen en fotos que envejecen, donde una niña abrazaba a su padre.

Me gustaría conversar hasta encontrar esas sombras y olores en la obra de los arquitectos, ver en su obra el nacer, el crecer, el sentir cada segundo como un haiku, en búsqueda de la belleza más pura, en una carta de amor como ésta. La mía ya llega tarde, perdida, tristemente, sin destinatario.

Texto: Ana Asensio Rodríguez  / Fecha 24 ene 2014

6 pensamientos en “Esto no es un artículo de arquitectura.

  1. Un articulo que emociona Ana, ya nos gustaría ver el mundo a través de tus ojos, ojala que pronto te tengamos por la universidad de Valladolid, y podamos escucharte.
    Un saludo, Iago

    • Hola Iago! Qué alegría leerte por aquí! No creas que me he olvidado, pronto termino los exámenes y empiezo a emprender nuevos caminos. La visita a Valladolid está en la agenda. Un abrazo enorme

  2. Precioso. Nunca seré arquitecta pero la influencia de la infancia también me toca de lleno en mi vida. En el día a día, y en mi forma de enfocar mi profesión: el paisajismo.
    Me siento afortunada por los padres que me tocaron “en suerte”, y creo que nunca les estaré suficientemente agradecida por ser como han sido. Nos han enseñado a amar la Libertad, la naturaleza, y la alegría. A menudo pienso que no me los merezco. Pero me esfuerzo.

  3. Leyendo a Barragán me he acordado de Rossi, de su columna en esquina que – me contaron, leí, o he soñado – vio una vez de joven en algún lugar de Venecia, y luego nunca volvió a encontrar, hasta que la plasmó en muchas de sus obras. Un toque muy – y quizá demasiado para algunos – personal. Y por ello, intrasferible. Me ha engachado mucho tu “no-artículo”. Lo subrayaría todo si no me cargara la pantalla del ordena 🙂

  4. Gracias Pablo! Creo que es imposible no transferir lo que somos a lo que hacemos, ya que cada acto no es más que una interpretación personal del mundo. La arquitectura es un acto humano igual que cualquier otro. Besos!

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