Arquitecturas en papel / Solo en su pequeña habitación…

soledad y memoria ©Ana Asensio

©Ana Asensio

“Nochebuena de 1979, está en Nueva York, solo en su pequeña habitación del número 6 de la calle Varick. Por todas partes hay rastros de la antigua vida de la casa: redes de misteriosas cañerías, tiznados techos de metal, siseantes radiadores de vapor. Cada vez que sus ojos se posan sobre la puerta de vidrio, lee las letras torpemente grabadas al otro lado: <R. M. Pooley, Concesionario Electricista>. No es un lugar pensado para que viva gente, sino para albergar máquinas, escupideras y sudor.

No podía definirlo como un hogar, pero era todo lo que había tenido en los últimos seis meses. Unos cuantos libros, un colchón en el suelo, una mesa, tres sillas, un hornillo y un fregadero corroído con agua fría. El lavabo está al otro lado del pasillo, pero lo usa sólo para cagar, pues mea en el fregadero. Durante los últimos tres días el ascensor ha estado fuera de servicio, y como vive en el último piso, no le dan ganas de salir. No es que le asuste subir los diez pisos por la escalera, sino que encuentra descorazonador cansarse de ese modo sólo para volver a aquella desolación.

Si se queda en la habitación durante largos espacios de tiempo, por lo general se las ingenia para llenarla con sus pensamientos, y de ese modo espanta la melancolía, o al menos logra hacerla pasar inadvertida. Cada vez que sale, se lleva los pensamientos con él y durante su ausencia la habitación se vacía poco a poco de sus esfuerzos por habitarla. Cuando regresa, vuelve a comenzar todo el proceso y eso exige trabajo, un verdadero trabajo espiritual. Teniendo en cuenta su estado físico después de subir las escaleras (el rugido del pecho al respirar y las piernas tensas y pesadas como troncos), esta batalla interior tarda mucho más en ponerse en marcha. Mientras tanto, en el intervalo que transcurre entre que abre la puerta y comienza a reconquistar el vacío, su mente se llena de un pánico mudo. Es como si lo forzaran a contemplar su propia desaparición, como si al cruzar en umbral de la habitación, se estuviera adentrando en otra dimensión y se sumergiera en un agujero negro. […]

Solsticio de invierno, la época más oscura del año. Apenas se levanta te la cama, siente que el día se le empieza a escapar de las manos. No hay una luz a la que aferrarse, ni la sensación del tiempo que se despliega. El mundo exterior, ese mundo tangible de objetos y cuerpos, parece un mero producto de su mente. Siente que se desliza por los hechos, revoloteando alrededor de su propia presencia como un fantasma, como si viviera a un lado de si mismo; no aquí, pero tampoco en otro sitio. Una sensación de encierro y al mismo tiempo de ser capaz de atravesar las paredes. En algún lugar, al margen de un pensamiento, descubre una oscuridad que le cala los huesos y toma nota de ello.”

Texto: Paul Auster. Fragmento de “El libro de la Memoria, volumen uno” / Fotografía: Ana Asensio Rodríguez / Fecha 23 mar 2014 / 

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