Ajedrez. Movimiento y espacio

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Vamos a empezar una partida de ajedrez, no voy a sorprender a nadie. Voy a mover un peón, sin perder mucho tiempo en decidir cual…, por ser el primero, dos posiciones al frente.

No es necesario ser un experto en el tema para poder observar la jugada y ser consciente de haber visto cómo emprender en el vacío, como actuar sin precedentes. Pero hay muchas opciones para empezar y hay que estudiarlas. Existen formas de aprender el inicio desde el final, de construir un cuento desde la moraleja. Y también hay formas de asumir un punto intermedio, uno de tantos nudos en la partida como inicio para oír lo pasado y dibujar las siguientes jugadas con permiso del enemigo.

Hace unos días en el metro, un personaje de manos huesudas y pelo cano regalaba miradas pensativas a fragmentos de periódicos, recortados quizás hace años, doblados y sacados a la luz una y mil veces, en cualquier momento de espera.

Las intuiciones me llevaron a imaginar que pudieran ser noticias llamativas, con cierto miedo pensé también que aquellas miradas mantenían su objetivo en esquelas de desconocidos y, aun peor, imaginé que fuera uno de esos locos que entretienen sus tiempos en corregir y mostrar las erratas de un desafortunado y, probablemente, trasnochador, periodista.

Resultó al final no estar tan loco.  Conseguí  ver que  se trataba de  una mirada ilusionada, aprendiz  y estratega que destapaba en sus esperas los movimientos finales de las grandes partidas de ajedrez de la Historia. Sus ojos movían las piezas, su memoria las retenía a buen recaudo y sus manos, simplemente, sostenían el lapso de la partida.

Igual no lo recordáis, hasta aquel día yo tampoco había prestado atención a esto y mi memoria lo olvidó. Nunca terminé de entenderlo. Hablo de un tablero impreso, pequeño, junto a crucigramas y jeroglíficos, en las últimas páginas de algún periódico, quizás antiguo; desconozco si esto sigue intentando entretener en los diarios.

¡Qué bonito me parece ahora! Un tablero con una jugada que ya ha empezado. Se encaminó a la batalla sin ti. Una partida famosa, datada, histórica y ya finalizada que se atreve a retarte con un único dibujo, un diagrama de un tiempo concreto del que debes formar parte al menos hasta que tengas algo mejor que hacer.

Días después, una discusión sobre arquitectura me llevó de nuevo a aquel vagón y me hizo recordar. El juego se trataba de reconstruir, memorizar y aprender las posibles estrategias primeras y posteriores para conseguir el momento perfecto para el ataque.

Imaginad ahora una partida convertida en espacio, en habitar. Pensad en lugares capaces de hablar de su historia, de sus pequeños acontecimientos y, aunque menos explícito,  lugares que nos cuenten cómo terminar la partida.

Materialidad y tiempo, personas y usos obligados  e inesperados, niños y juegos… objetos del habitar, figuras de ese tablero, directrices para otras partidas históricas. Pensé en un diagrama de esto, tan eficaz como el camino de ida y vuelta en el acertijo del periódico. Aplicar medidas, materiales, usos…, crear espacio como el que elige movimientos  con  coordenadas  precisas. Jugadas  que  hemos  estudiado,  obras  y  espacios  Históricos  e históricos, habitados con la elegancia del que tiene la capacidad de elegir día tras día, en el transcurso de la partida.

¿Nos equivocaríamos tanto al pensar que puede ser tan directo?¿Es capaz el arquitecto de recoger todas las posibles opciones para provocar al habitante? Igual sí, lo más probable  es que si  nos creemos esto sea el primer movimiento para acabar equivocándonos. Pero ahora prefiero pensar en un arquitecto que para ponerse a trabajar, recoge los recortes y estructura su memoria.

Guardar partidas, medir jugadas y retener espacios, para que nuestro primer movimiento, el del peón, sorprenda por ser el inicio de un nudo que ya hemos ensayado.

Texto: Álvaro Valverde /  Escrito originalmente para The A.A.A.A Magazine / Cita: Álvaro Valverde, “Ajedrez. Movimiento y espacio” / Fecha 14 feb 2015

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