Arquitecturas en papel / Sucesos extraordinarios, sencillos comienzos

[…] “La historia de aquel jueves terrible y estúpido, la narración de sus consecuencias extraordinarias y el relato de cómo tales consecuencias están indisolublemente entrelazadas con ese libro notable, comienza de manera muy sencilla.

Empieza con una casa.

Cuatro ventanas en Inglaterra  ©Ana Asensio

Cuatro ventanas en Inglaterra ©Ana Asensio

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La casa se alzaba en un pequeño promontorio, justo en las afueras del pueblo. Estaba sola y daba a una ancha extensión cultivable de la campiña occidental. No era una casa admirable en sentido alguno; tenía unos treinta años de antigüedad, era achaparrada más bien cuadrada, de ladrillo, con cuatro ventanas en la fachada delantera y de tamaño y proporciones que conseguían ser bastante desagradables a la vista.

La única persona para quien la casa resultaba en cierto modo especial, era Arthur Dent, y ello sólo porque daba la casualidad de que era el único que vivía en ella.

La había habitado durante tres años, desde que se mudó de Londres, donde se irritaba y se ponía nervioso. También tenía unos treinta años; era alto y moreno, y nunca se sentía enteramente a gusto consigo mismo. Lo que más solía preocuparle era el hecho de que la gente le preguntara siempre por qué tenía un aspecto tan preocupado. Trabajaba en la emisora local de radio, y solía decir a sus amigos que su actividad era mucho más interesante de lo que ellos probablemente pensaban.

El miércoles por la noche había llovido mucho y el camino estaba húmedo y embarrado, pero el jueves por la mañana había un sol claro y brillante que, según iba a resultar, lucía sobre la casa de Arthur por última vez. Aún no se le había comunicado a Arthur en forma debida que el ayuntamiento quería derribarla para construir en su lugar una vía de circunvalación.

A las ocho de la mañana de aquel jueves, Arthur no se encontraba muy bien. Se despertó con los ojos turbios, se levantó, deambuló agotado por la habitación, abrió una ventana, vio un bulldozer, encontró las zapatillas y, dando un traspiés, se encaminó al baño para lavarse”. […]

 

Fragmento: “Guía del autoestopista galáctico”, de Douglas Adams (1979) / Fotografía: Ana Asensio Rodríguez

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