Arquitecturas en papel / Sus rincones no parecı́an ángulos agudos, sino obtusos.

© Ana Asensio Rodríguez

© Ana Asensio Rodríguez

“Nunca habı́a pensado en lo que era la muerte, ni tenı́a ésta para él imagen alguna. Mas ahora la sentı́a claramente, habı́a percibido su entrada en la celda, en donde le buscaba para arrebatarle. Y huyendo de ella, comenzó a correr por la celda. Pero era tan pequeña que sus rincones no parecı́an ángulos agudos, sino obtusos, que le empujaban hacia el centro.

No habı́a nada detrás de lo cual poder esconderse y la puerta estaba cerrada. Varias veces se echó con el cuerpo contra las paredes y la puerta, produciendo un ruido sordo y vacı́o. Después tropezó con algo y cayó de bruces. Y aquı́ en el suelo, tocando con el rostro el asfalto negro y sucio, sintió que la muerte le atrapaba y empezó a gritar presa de terror, hasta que acudió gente. Aun cuando le hubieron levantado del suelo y le echaron en la cabeza agua frı́a, no se decidı́a a abrir los ojos, fuertemente cerrados. Entreabrı́a uno, veı́a un rincón alumbrado, o la bota del guardián y de nuevo empezaba a gritar.”

Fragmendo de ‘Los siete ahorcados’, cuento de Leonid Andreiev (1908) / Fotografía: Ana Asensio Rodríguez

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