La arquitectura debe morir

Hemos dejado de lado la oportunidad de morir. Tememos cerrar los ojos y no poder volver abrirlos jamás. Tememos al sueño eterno. A perderlo todo. Olvidar las relaciones personales. Dejar atrás nuestras pertenencias y dejar atrás todo lo que algún día creímos nuestro.

Hay ocasiones en que me siento muy cercano a la muerte, ocasiones en las que me gustaría morir: Cerrar los ojos, cansados de tanta mentira. ¿Pero es la muerte algo necesariamente negativo? Morir, desde otra perspectiva, debería ser visto como una oportunidad única.

Morir es desaparecer en alma, mientras nuestros cuerpos se descomponen todavía en algún lugar del plano físico. Morir es deshacerse de todo, y abrazar la nada. Y tal vez sea eso – la nada – lo que nos aterroriza y causa tanto temor. De hecho, es posible que ni siquiera podamos imaginar el vacío absoluto simplemente por lo siniestro que nos parece.

Pero, como dice Juan Pablo Carrillo: “consideramos la nada como algo siniestro, temible, ¿pero no es también esa zona donde todas las posibilidades de la existencia están por suceder? ¿El territorio por excelencia de la creatividad y la renovación?”

A veces consciente y otras inconscientemente, he muerto. Después de la crisis más profunda, y de destruirme por completo hasta no dejar nada de mí. Para poder construir, hace falta destruir. Morir es la oportunidad perfecta para renacer y, por lo tanto, recrearse desde una nueva perspectiva llena de experiencia.

Hace algún tiempo, un viejo de pueblo que poco tiene que ver con el estudio de la arquitectura, me sorprendió cuando me comentó: “Benditos los siglos cuando no existían los arquitectos ni los constructores”. Su comentario me golpeó tanto que creo que no le contesté nada en el momento más que con un silencio incomodo de alguien sumamente desconcertado.

Tiempo después, caminando por las calles empedradas del mismo pueblo, pude entender sus palabras. Las entendí al ver los hogares de las personas mayores quienes fundaron el pueblo, levantadas con su propio trabajo, con los materiales más lógicos de usar pues se encontraban al alcance de sus propias manos arrugadas, hechas con la pasión de quien algún día las habitarán. Las calles estaban hechas de piedra por mano de todos los vecinos que juntos llegaron a acuerdos para beneficiarse todos de las mismas. Y, unos cuantos pasos más adelante, el llamado pueblo nuevo, evidenciando la presencia del arquitecto, con hogares y plazas construidas en años más próximos, llenas de lejanía con el resto del pueblo, de vanidad, y de negocio frío. Alejadas de la historia de su tierra, de la poesía de vivir en un pueblo. Con calles hechas del asfalto más gris que daría lo mismo estar ahí o en cualquier otra ciudad del mundo moderno.

En una profesión tan bella, con la posibilidad de hacerlo todo y estar haciendo tan poco. Una víctima más del capitalismo dominante, donde lo importante es ganarle a toda costa al dinero, a nuestros propios colegas y al mismo cliente. Un reflejo de las vidas que muchos de nosotros llevamos día a día. Se es necesario morir.

A esto se refería el viejo sabio cuando hablaba de tiempos mejores en dónde no existía el arquitecto. A esto me refiero cuando digo: la arquitectura debe morir.

Texto: Jorge Armando Quevedo / Escrito originalmente para AAAA magazine / Cita: Jorge Armando Quevedo “La arquitectura debe morir” / Fecha 21 sept 2015

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