Una habitación propia

En 1920 Arnold Bennett escribió un ensayo titulado Nuestras mujeres: tratado sobre la discordia sexual, en el que defiende, como muchos otros eruditos de la época, la inferioridad intelectual femenina con los siguientes argumentos:

“En la literatura universal encontramos cincuenta poetas, al menos superiores a cualquier poetisa. Con la posible exención de Emily Brontë, ninguna novelista de sexo femenino ha producido una novela que iguale las grandes novelas escritas por hombres. Ninguna mujer ha creado pinturas ni esculturas que superen la mediocridad, ni música que la supere. Tampoco ha habido ninguna mujer que se acercara ni remotamente a las cumbres de la crítica, ¿Me puede decir alguien el nombre de una filosofa famosa? ¿O el de una mujer que haya producido alguna generalización trascendental de la forma que sea? Si bien es verdad que un pequeño porcentaje de las mujeres son inteligentes como los hombres, en conjunto, la inteligencia es una especialidad masculina. No hay duda que algunas mujeres son geniales, pero la suya es una genialidad inferior a la de Shakespeare, Newton, Miguel Ángel, Beethoven, Tolstoi. Además, la capacidad intelectual mediana de las mujeres parece muy inferior”

Nueve años después, esta tesis fue contestada con gran agudeza e inteligencia por Virginia Woolf en su obra Una habitación propia. En ella  explica que si existían tan pocas intelectuales a lo largo de la historia se debía a la alienación de la mujer en la sociedad y no a una inferioridad intelectual.

Entre las causas fundamentales que exponía, se encontraba una necesidad arquitectónica que hoy en día nos parece muy básica: una habitación propia.

Observaba que para desarrollar una carrera artística o literaria exitosa era necesario un refugio en el que poder pensar, imaginar y reflexionar sin interrupciones. Este espacio íntimo estuvo reservado a los hombres durante gran parte de la historia. Las mujeres, aunque fuesen de una familia noble con un gran número de propiedades, nunca tuvieron la libertad de tener un espacio dedicado a reflexionar a solas durante horas.

Y es que si nos trasladamos a espacios conocidos, por ejemplo, las casas-museo de familias poderosas o de personajes relevantes para la Historia universal, es muy posible que podamos recrear este razonamiento. En ellas solemos encontrar un despacho, estudio, gabinete de trabajo o biblioteca con al menos, una cómoda silla y un amplio escritorio. Seguramente se tratara de una estancia privilegiada o una de las más luminosas de la casa, con grandes estanterías de madera importada llenas de libros antiguos. Este espacio, alejado de las zonas ruidosas de trabajo o del juego de los niños, estaba pensado para el hombre de la casa, para que escribiese cartas a sus amigos y parientes, se instruyese leyendo libros o enciclopedias, o debatiese con otros intelectuales de su rango académico.

Ilustración 1 Imagen del estudio de Lope de Vega en el que el autor tuvo la tranquilidad necesaria para crear obras culmen de la literatura española. Foto de casamuseolopedevega.org

Ilustración 1 Imagen del estudio de Lope de Vega en el que el autor tuvo la tranquilidad necesaria para crear obras culmen de la literatura española. Foto de casamuseolopedevega.org

Como Virginia Wolf nos relata, la arquitectura es fundamental a la hora de analizar las desigualdades de género. El privilegio de poseer un cuarto en el que no ser molestado por las necesidades o exigencias de la familia, ha permitido el desarrollo intelectual de grandes genios. Ellos son los que han tenido el tiempo y el espacio preciso para organizar sus ideas y orientarlas a la creación artística. Socialmente era aceptado que el hombre necesitase su lugar, sin embargo, para las mujeres era algo impensable estar largas horas en un espacio sin dedicarse a alguna tarea práctica, como la costura o el cuidado de la descendencia.

La falta de un espacio propio y de verdadera independencia son los obstáculos que encuentra la autora para la falta de figuras ilustres femeninas en las letras universales. Claro que también critica a la sociedad y lo hace de una manera muy ingeniosa: se inventa una supuesta hermana de Shakespeare con las mismas inquietudes y capacidades intelectuales que el literato. William como hombre pudo ir a la escuela y aprender latín; una vez en Londres pudo ponerse en contacto con el teatro, primero como mozo de cargas y luego como actor. Más tarde, ya como famoso dramaturgo tendría acceso a la vida social de la corte y podría disfrutarla en pleno derecho. Sin embargo, su hermana no podría haber estudiado en la escuela sino que se habría quedado en casa aprendiendo a realizar las tareas domésticas. Si pese a este impedimento, ella tuviese curiosidad y ojease algún libro en la casa, sería reprendida inmediatamente por sus padres con el argumento de que los libros no son para las chicas. Tampoco hubiese podido formarse en el oficio de actriz puesto que era ilegal su participación en obras de teatro en la época victoriana. Por ello, concluía Wolf, Judit Shakespeare, debido a la imposibilidad de desarrollar su talento, se acabaría suicidando en una fría y oscura noche de invierno.

A través de este ejercicio de ucronía se lamenta de la tremenda pérdida que ha supuesto este rechazo general no solo para las mujeres, sino también para el arte universal. Los méritos intelectuales femeninos nunca han sido potenciados, sino más bien al contrario, han sido ocultados, invisibilizados y en muchos casos, condenados.

Los intelectuales de la época se reunían en clubs, bibliotecas o teatros, espacios arquitectónicos donde las mujeres no fueron bienvenidas. Wolf nos da cuenta de un mundo patriarcal exclusivo y excluyente en el que los espacios son fundamentales: la escuela en la que poder desarrollarse intelectualmente, el teatro, las bibliotecas y las habitaciones propias llenas de libros, han sido tradicionalmente masculinos. Estas injusticias arquitectónicas, la prohibición del acceso de las mujeres a determinados espacios y lugares, o su reclusión en otros, han tenido mucho que ver en las escasas aportaciones al arte universal por parte de las mujeres, carencia que no se debe, como Arnold Bennet aseguraba, a su escasa capacidad intelectual.Las mujeres, en este mundo, están obligadas a realizar los trabajos de cocina, costura, limpieza y cuidado de la casa. Tareas físicas que no les dejarían respiro para reflexionar acerca del mundo y dar su propio punto de vista.

No obstante a lo largo de la historia existen nombres de mujer relevantes para el arte o la literatura, como es el caso de la propia Wolf que a principios del siglo XX se dedicaba en exclusiva a escribir. Esto se debe a que cumplía con las dos necesidades que apuntaba en su obra: poseer su propia habitación y tener independencia económica gracias a la herencia que recibió de su tía, que le permitió vivir por su cuenta sin más obligaciones que las literarias.

Pero la mayor parte de mujeres de la época, pese a pertenecer a familias ricas y frecuentar ambientes privilegiados, no tenían esa oportunidad, y pocas pudieron reflexionar, a solas, ante un trozo de papel en el que plasmar sus pensamientos, ideas o opiniones sobre la vida o la filosofía.

Ilustración 2 La habitación propia de Virginia Wolf en su casa de campo de Monk House en Rodmell. Fotografía propiedad de Terri Windling

Ilustración 2 La habitación propia de Virginia Wolf en su casa de campo de Monk House en Rodmell. Fotografía propiedad de Terri Windling

 

Texto: Laura Bécares Rodríguez / Fotografía: Información en el pie de foto / Escrito originalmente para AAAA magazine  / Cita: Bécares, Laura: “Una habitación propia” /  Fecha 19 oct 2015