Arquitecturas en papel / Simetríadas

Fragmento de la cubierta de Solaris, edición de Minotauro, con la Ilustración de Julio Vivas y Óscar Chichoni.

Fragmento de la cubierta de Solaris, edición de Minotauro, con la Ilustración de Julio Vivas y Óscar Chichoni.

“El repertorio de las formaciones que se producen regularmente en la superficie del océano vivo, y que es posible observar por decenas, y hasta por centenas, en el curso de veinticuatro horas, ocupa trescientos capítulos de la obra de Giese. Las simetríadas —según la terminología de la escuela de Giese— son las formaciones menos “humanas”, y no tienen ninguna semejanza con cosas terrestres. En la época en que se emprendió el estudio de las simetríadas, se sabía ya que el océano no era agresivo y que esos torbellinos plasmáticos no devorarían a nadie que no fuese imprudente e irreflexivo en extremo (excluyendo, claro está, los accidentes mecánicos).

En efecto, se puede volar de lado a lado y sin mayor peligro por el cuerpo cilíndrico de los longus o la columna de las vertébrídas que se bambolean entre las nubes, pues en la atmósfera solarista el plasma se retira a la velocidad del sonido para dar paso al cuerpo extraño; túneles profundos se abren incluso bajo la superficie del océano (con un prodigioso consumo de energía: Skriabine la estima en 1019 ergos). No obstante, la exploración de las simetríadas se inició con mucha prudencia, evitando incursiones temerarias y multiplicando las precauciones —a menudo inútiles—. Todos los niños de la Tierra han oído hablar de estos pioneros que se aventuraron en los abismos de una simetríada.

La apariencia de esas formaciones enormes puede inspirar pesadillas, pero el verdadero peligro es otro: nada hay en el interior de una simetríada que pueda considerarse estable o seguro; hasta las leyes físicas no tienen ahí validez. Los exploradores de las simetríadas — conviene señalarlo— son quienes han sostenido con mayor convicción la tesis de que el océano vivo está dotado de inteligencia.

Las simetríadas aparecen de súbito, como una erupción volcánica. Una hora antes de la “erupción”, el océano vitrificado en una extensión de decenas de kilómetros cuadrados empieza a brillar. Sin embargo, se mantiene fluido,  y el ritmo de las olas no varía. A veces, ese fenómeno de vitrificación se produce alrededor del embudo dejado por un agilus. Al cabo de una hora, la envoltura brillante del océano se eleva como una burbuja monstruosa, reflejando el firmamento, el sol, las nubes y todo el horizonte, en un abanico de imágenes variadas y cambiantes. La luz refractada es como una calidoscópica fuente de color.

Los efectos de luz sobre una simetríada son especialmente notables, en el día azul y a la puesta del sol rojo. Parece entonces que el planeta diera nacimiento a un doble, que de un instante a otro aumenta de volumen. Y de pronto, el polo superior de lo que es ahora un inmenso globo incandescente estalla y se abre, y en la simetríada aparece una grieta vertical; no se trata, sin embargo, de una desintegración. Esta segunda fase, llamada “fase del cáliz floral”, dura unos pocos segundos. Los membranosos arcos de bóveda que subían al cielo se repliegan en el interior y se fusionan en un tronco grueso, que encierra una actividad multitudinaria. En el centro de este tronco — explorado por primera vez por los setenta miembros de la expedición Hamalei— un proceso gigantesco de policristalización levanta un eje, llamado comúnmente “columna vertebral”, término que no parece adecuado.

La arquitectura vertiginosa de este pilar central es sostenida in statu nascendi por fustes verticales, de una consistencia gelatinosa, casi líquida, que brotan continuamente de grietas desmesuradas. Entre tanto, un cinturón de espuma nevosa y burbujeante envuelve al coloso, y todo el proceso está acompañado por un rugido sordo y constante. Desde el centro hacia la periferia los poderosos pilares giran recubriéndose de un material dúctil que viene de las profundidades del mar.

Simultáneamente, los geiseres gelatinosos se transforman en columnas móviles provistas  de tentáculos que se elevan en racimos hacia puntos rigurosamente determinados por la dinámica general de la estructura. Estas prolongaciones recuerdan las branquias de un embrión, pero giran a una asombrosa velocidad y rezuman hilos de “sangre” rosada y una secreción verdinegra.

Desde este momento, la simetríada comienza a exhibir su característica más extraordinaria: la facultad de ilustrar, y a veces negar, ciertas leyes físicas. (Recordemos que no hay dos simetríadas idénticas y que la geometría de cada una es siempre una “invención” única.) El interior de la simetríada se dedica a fabricar lo que algunos llaman “máquinas monumentales”, aunque en nada se parecen a las máquinas construidas por el hombre; pero como se trata de una actividad con fines limitados, es en cierto modo una actividad “mecánica”.

Cuando los geiseres abisales se han solidificado en columnas, o en galerías y pasadizos que corren en todas direcciones, cuando las “membranas” cristalinas se ordenan en una figura inextricable de gradas, paneles y bóvedas, la simetríada justifica su nombre, pues la totalidad de la estructura se divide en dos partes absolutamente iguales.

Al cabo de veinte o treinta minutos el eje se ha inclinado en un ángulo de ocho a doce grados, y el gigante comienza a descender. (Las simetríadas son de distintos tamaños, pero aun las más pequeñas, y con la base ya sumergida, alcanzan una altura de unos ochocientos metros, y son visibles a varios kilómetros de distancia.) Luego, el cuerpo macizo se estabiliza poco a poco —el eje se endereza— y la simetríada, parcialmente sumergida, se inmoviliza al fin.

Entonces es posible explorarla sin peligro, introduciéndose por uno de los numerosos sifones que atraviesan la bóveda, cerca de la cúspide. La simetríada completa parece ser el modelo tridimensional de una ecuación trascendente. Es sabido que el lenguaje figurado de la geometría superior puede representar cualquier ecuación. La simetríada, desde este punto de vista, está emparentada con los conos de Lobatchevsky y las curvas negativas de Ríemann, aunque la relación es bastante imprecisa, dada la complejidad inimaginable del fenómeno. Bajo la forma de un volumen de varios kilómetros cúbicos, la simetríada puede entenderse como el desarrollo de todo un sistema matemático; en realidad, un desarrollo tetradimensional, pues los términos fundamentales de las ecuaciones se expresan asimismo en el tiempo, en modificaciones temporales.

Parece obvio suponer que la simetríada sería la computadora del océano vivo, una representación en el espacio —y en la escala del océano— de operaciones matemáticas ininteligibles, pero hoy ya nadie admite esta idea de Fermont. La hipótesis era por cierto tentadora; no obstante, el concepto de un océano empeñado en examinar los problemas de la materia, del cosmos y de la existencia, resultó insostenible. Mediante erupciones titánicas, la sustancia oceánica sería la expresión infinitamente compleja de un análisis superior. Fenómenos múltiples contradicen esta concepción demasiado simple (de una ingenuidad pueril, según algunos).

Hubo por cierto intentos de describir la simetríada, mediante alguna trasposición o “ilustración”. La demostración de Awerian conoció un éxito no desdeñable. Imaginemos, decía, un edificio babilónico, pero construido con una sustancia viva, sensible y capaz de evolucionar; la arquitectura de este edificio pasa por una serie de fases, y veremos cómo adopta las formas de un edificio griego, y luego romano; las columnas brotan como tallos, se adelgazan; la bóveda se aligera, se eleva, se curva; los arcos describen de pronto una parábola y se rompen convirtiéndose en flechas. Ha nacido el gótico, el tiempo huye y aparecen otras formas; la austeridad se descompone en líneas y formas explosivas: la exuberancia del barroco; si la progresión continúa —entendiendo siempre que las mutaciones sucesivas son como etapas en la vida de un organismo— llegamos al fin a la arquitectura de la época cósmica, y quizá a entender de algún modo qué es una simetríada.

Sin embargo, aunque esta analogía fuera ampliada y mejorada (se intentó visualizarla con la ayuda de maquetas y films), continúa siendo endeble y superficial; en realidad es evasiva, ilusoria, y elude lo más importante: la simetríada no se parece a nada que se haya visto alguna vez en la Tierra…”.

Etapa final de una simetríada. Ilustración de Dominique Signoret para Solaris.

Etapa final de una simetriada. Ilustracuón de Dominique Signoret para Solaris.

Fragmento de la novela ‘Solaris’, de Stanislav Lem (1961) / Imagen: info en el pie de foto