Rupturas y dinámicas sociales. Reconsideraciones / Muerte y vida de las Grandes Ciudades, Jane Jacobs

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© Georgina Alfaro

En el primer capítulo de su libro “Muerte y vida de las grandes ciudades” (1961), Jane Jacobs, presenta una serie de mitos respecto a la seguridad peatonal. Recuerdo que en la universidad era casi un requisito conocerlos de memoria. Sin embargo, con el pasar del tiempo, las variables en relación a la seguridad y movilidad peatonal planteadas en dicha sección, fueron cobrando otra perspectiva para mí en función al entorno inmediato, forjándome una nueva postura al respecto, que me permitió autoevaluar la realidad a la que estoy expuesta bajo este mismo enfoque pero dentro de otra óptica.

Como resultado de este proceso, desentrañé una serie de comentarios que obedecen y se transforman ante el descubrimiento de nuevas dinámicas culturales particularmente de Latinoamérica.

El mito de la iluminación es sinónimo seguridad. En este capítulo se ejemplifica el caso de un corredor en una estación de metro a altas horas de la noche, perfectamente iluminado y señalizado, y sin embargo, en completo abandono físico, sin un solo vigilante que transite la zona. La iluminación por sí sola, representa únicamente un elemento de un sistema de protección, que sin interacción de otros recursos, se vuelve inservible.

Es muy común de las ciudades latinoamericanas, escuchar de casos en los que personas son atacadas a plena luz del día, frente a aglomeraciones de individuos, sin que nadie haga algo al respecto para prevenir o evitar el ataque. ¿Qué sucede con las miradas de rol protector? (otro de los mitos). Éstas son relegadas a convertirse en inútiles testigos visuales; inútiles, pues en el momento o después del ataque han desaparecido sin dar referencia alguna de los hechos (justificándose paradójicamente dicha acción, con el temor a también ser atacados).

Personalmente considero que, el sentimiento de seguridad depende del grado de inseguridad al que se esté expuesto. Es decir, que la eficacia de dichos recursos (iluminación, miradas vigilantes, aceras transitadas) dependerá de las circunstancias y variables en juego (violencia, abandono del espacio, horarios,… entre otras). El ser humano, tiende a sentir temor por lo desconocido; la oscuridad (aún en un sitio conocido) puede generar una sensación de temor en lo oculto, en lo que no se ve. De igual forma, la iluminación puede causar un efecto similar en espacios desolados, el temor a estar expuesto ante la claridad, a no poder controlar todo lo que se ve.

El fenómeno de los ojos vigilantes, reducidos a ojos espectadores. Se desenvuelve dentro de una misma lógica. Una ciudad con temor constante, insegura, sometida a distintos conflictos sociales, presentará recursos débiles (fragilidad en la relación entre los individuos), anulando el sentimiento de acción frente a seguridad.

En este mito, Jacobs no sólo hace referencia a transeúntes casuales sobre las calles y avenidas: hace también valoración de los individuos ubicados en pequeños establecimientos, tiendas y farmacias… espectadores diarios y establecidos.

Hasta el momento, todo parece sencillamente racional: una cantidad de desconocidos (controlables) que vigilen constantemente las calles, en una sana y estable relación con los vecinos y transeúntes. Sin embargo, dentro de la realidad latinoamericana ¿cómo funcionaría esta variante en conjunto con el sistema? En las zonas residenciales, los habitantes parecen haber perdido la fe en las personas. Las casas se ven amuralladas, sin interacción alguna con su entorno, dando como resultado pasajes y avenidas abandonadas, parques acorralados y en ocasiones inaccesibles, convirtiendo a cada extraño, en un punto focal de desconfianza.

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© Georgina Alfaro

Expulsando a los pequeños comerciantes de las zonas residenciales, en busca de mayor privacidad y control de los transeúntes, los residentes evitan el menor contacto con su entorno: los niños crecen jugando entre cuatro paredes, mientras los residentes se limitan a trasladarse protegidos dentro de sus vehículos a las afueras de la zona residencial para laborar o entretenerse.

Irónicamente, en este punto final, una de las síntesis que hace Jane Jacobs en aras de la anhelada seguridad, es conformarnos con la cruel realidad y dejar que el peligro campe, intentar refugiarnos dentro de los automóviles sin detenernos en el camino, cosechando un sistema de Turf – donde la delincuencia e inseguridad dominan el territorio –

En lo personal, no coincido con esta propuesta poco alentadora, donde tampoco la autora afirma que lo sea. Sin embargo, contrario al planteamiento de los mitos de la seguridad, en nuestra realidad latinoamericana, ésta parece ser la idea más sensata. Enfocándonos en cómo escabullirnos en lugar de cómo asegurarnos. Respondiendo ante el peligro cuando este es eminente, en lugar de prevenirlo.

Bajo el panorama cultural de mi país (El Salvador), el sistema de zonas presididas bajo el control de la delincuencia, se ha transformado en una realidad colectiva, cotidianidad que va en incremento constante. La mayoría de habitantes (de escasos recursos) se conforman con el crecimiento de este sistema, bajo la lógica de que en la guerra, es mejor pertenecer a un bando, de lo contrario se es de los primeros en caer.

Pero esta realidad parece ser un circuito que se alimenta y dilata con el pasar del tiempo, dentro de este crecimiento acelerado y constante. La delincuencia se apropia de un territorio, y empobrece sus dinámicas sociales ante otros territorios, obteniendo como resultado, cerrarse ante el abandono, o crecer y deteriorar consigo a su entorno.

Las aceras y avenidas son las arterias que dan vida a nuestras ciudades. En mi opinión, la fuerza de una ciudad radica en su diversidad de recursos y componentes (protección, seguridad y confianza social), y en el vínculo que les permite converger. La naturaleza de una ciudad, responde al carácter de sus habitantes, al ritmo de vida de estos y a sus relaciones sociales como individuos. Y son estos, los que crean sus propios medios de seguridad.

Cada cultura y cada entorno responde de manera distinta. En el caso de mi país, la violencia parece convertirse en parte del diario vivir, y la seguridad se reduce a estar preparados para afrontar con sensatez situaciones conflictivas o en “el mejor de los casos”, evadirlas.

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© Georgina Alfaro

 

Texto: Georgina Alfaro / Fotografía: Georgina Alfaro / Escrito originalmente para AAAA magazine / Fecha: 12 ene 2016