Amor y Arquitectura: Promenade

Caminaba, como solía hacerlo de un tiempo a esta parte, con la vista clavada en la punta de sus botas de piel negras y con paso ligero, alzando la mirada únicamente para responder de un modo casi automático a cualquier estímulo imprevisto o confirmar que todo permanecía tal y como lo recordaba la última vez. Sólo de este modo podía reparar de un modo preciso en que el tipo que vendía cartuchos de almendras continuaba en la misma esquina en la que está desde hace más de treinta años, o que la luz de esas horas de la tarde parecía conferirle al paramento de mampuesto de la iglesia de San Pablo una apariencia absolutamente atemporal, como si una de esas fotografías sepia que su abuelo atesoraba en aquella vieja lata se hubiese cristalizado en el tiempo y el espacio, observando en silencio el devenir de una ciudad que apenas era capaz ya de reconocerse.

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Solía pensar entonces en todas aquellas personas que quizás hubiesen cruzado pensamientos idénticos a los suyos en aquel preciso momento, en todas aquellas vidas que se hubiesen relacionado de un modo u otro con aquella estrecha calle, en quienes habrían mirado a través de aquellas ventanas, en cuánto arroz y lágrimas se habrían derramado a las puertas de esa iglesia.

Y así, entre fútiles aunque fértiles y lúcidos pensamientos, llegó al fin a su destino. Tocó varias veces la puerta, aunque al no obtener respuesta se decidió a hacer uso de la llave que portaba siempre consigo. Allí estaba él, dormitando en el sillón de la sala de lectura. Los últimos rayos de luz se filtraban a través de las pequeñas lamas horizontales de la persiana y alcanzaban la estantería repleta de historias, generando complejas formas entre algún que otro retrato de familia.

  • Hola papá – musitó, tratando de no perturbar su calma.

Tímidamente se acercó y se sentó junto a él, tras besarlo con dulzura en la frente. Él le respondió con una sonrisa que le arrancó a su fatiga, reincorporándose y poniendo toda su somnolienta atención en la esperada visita. Estaba ya preparado para salir, tal y como había concretado el día anterior con su hija, pero no pudo escapar al cansancio. Pocas palabras cruzaron hasta que Clara, quién supo siempre poner de buen humor a su padre, se levantó de un salto con la vitalidad que la había caracterizado desde cría e increpó a su padre en tono burlón.

  • Bueno… ¿Tú qué? ¿No pensarás quedarte ahí sentado? Vamos, que me debes mi paseo.

Se sonrió de muy buena gana y recordó fugazmente los paseos de hace ya veinticinco años con ella, cuando apenas le llegaba a su cintura y se asía con su pequeña mano a las de su padre buscando en ellas la estabilidad que aún no lograban conferirle sus pequeños pasos. Ambos jugaron a que el tiempo no había pasado y salieron de casa, pese a que indudablemente la estabilidad había cambiado de manos.

Bajaron al centro, caminaban próximos y cómplices cogidos por el brazo. Él repetía las historias de su infancia, siempre vinculadas a aquel barrio y a las carreras detrás de un balón hecho con caucho y telas. Ella escuchaba como si no conociese ya esas historias, pero siempre acababa entre risas las frases de su padre.

Como solía ser frecuente se encontraron con un antiguo vecino con quién intercambió mil anécdotas. Recordaban las tardes en la plaza, la barbería de su abuelo, los churros que preparaba “el Juani” y cómo a veces les regalaba a los chavales los que le sobraban. No era extraño que, con tantas referencias cruzadas a personas y espacios que la pobre Clara no conocía, se descolgara a menudo de estas conversaciones y aprovechara el momento para observar la escena, tratando de congelar aquel instante.

La certeza de lo efímero de aquel momento y de los que le sucederían, hacía que la muchacha no pudiese apartar la vista de su padre, escuchando con atención el tono de su voz, observando la tenaz viveza de sus movimientos y sintiendo su candidez, siempre podías adivinar admiración y respeto en la expresión de sus interlocutores. Era fácil descubrir en sus miradas una inusitada felicidad que se avivaba con cada recuerdo que incorporaban a la conversación y que solían acabar siempre del mismo modo:

  • El barrio ya no es lo que era.

Era sólo al escuchar o pronunciar esta frase cuando sus expresiones cambiaban y les invadía entonces una profunda melancolía. El silencio que se generaba tras esta grave afirmación solía interrumpirse con preguntas sobre la familia y la salud, las cuales tendían a responderse mecánicamente, sabiendo ambos que la mejor parte de la conversación había terminado.

Doquiera que mirasen siempre había algún detalle que les trasladaba a alguno de estos recuerdos, Clara quedaba fascinada por los profundos vínculos de su padre con aquellos rincones en los que gastaba la mayor parte del día: La casa de su abuela se convertía en el lugar donde dormir, pero era la calle donde la vida tenía lugar, donde se forjaban intensas amistades, surgían las ideas, las revoluciones y los primeros amores.

Qué lejano quedaba todo aquello, las fachadas presentaban ya un estado deplorable, más fruto del abandono que del tiempo. La ciudad oscurecía poco a poco ante la falta de las atentas miradas de quienes la vivían. De cada pequeño agujero negro del olvido surgía una nueva franquicia y la luz parecía regresar a los pasajes y avenidas, pero era una atmósfera irreal y anodina, tan desconocida como sus viandantes, que hablaban distintas lenguas y se tomaban fotografías junto a lo cotidiano.

Imaginaba qué pensamientos atravesarían la mente de su padre, quien había asistido a toda aquella transformación sin que fuesen considerados sus afectos o los de sus vecinos a aquella ciudad en la que crecieron. El progreso parecía haber llamado a las puertas de la urbe y quienes pudieron abrirlas lo hicieron de par en par, dejando que todo cupiese en un paisaje ya cargado de identidad.

Sus pasos se dirigieron entonces al muelle y al paseo marítimo. En el litoral la escena no cambiaba, “turismo a toda costa”. Las torres se mezclaban con los resorts y restaurantes, generando angostas y escasamente ventiladas calles. A veces, casi como una mala broma, una pequeña zona ajardinada surgía entre los intersticios de toda aquella masividad. También en aquellos lugares continuaban los relatos de la infancia de su padre, siendo cada vez más complejo el ejercicio de abstracción de aquella realidad construida.

Recordaba a su joven hija que con cada nueva apertura de un centro comercial o galería, que acostumbraba a comportar graves alteraciones en la morfología de la ciudad, se generaban doscientos nuevos puestos de trabajo y que aquello era razón suficiente para no oponer resistencia a tamaña tropelía. “Qué error”, las multinacionales extranjeras fagocitaron la demanda y aquellos empleos, por los cuales la ciudad hizo un importante pago, habían desaparecido y sus contenedores quedaban abandonados, descontextualizados. ¿Merecía la pena aquel sacrificio?

Escuchaba atenta, sin querer interrumpir a su padre. Tampoco ella encontraba una respuesta razonable a todo lo que le contaba.

  • Muchos de quienes entonces legislaron, proyectaron y comandaron el cambio ya han fallecido y su visión de la ciudad se desmorona aún – Aseguró su padre, quien parecía cada vez más abatido por sus pensamientos.

Clara, que se percató de que no les llevaba aquella conversación a ninguna parte, le animó a que se sentasen a descansar en una terraza que encontraron a su paso. Entonces, con ese encanto femenino para obviar lo negativo y robar una sonrisa a su interlocutor, comenzó a hablarle de su nieto de tres años y de cómo descubrió sorprendido que su cuerpo arrojaba una sombra que le perseguía. Automáticamente se dibujó una amplia sonrisa en sus caras y sus ojos se iluminaron. No segura de su victoria y queriendo animar a su padre afirmó:

  • Qué fuese, es o será la ciudad es en esencia lo de menos. Cada pequeño recuerdo compartido, cada momento, cada lugar lo atesoramos porque está en nuestra condición humana, porque sentimos en lo más profundo de nuestro ser que nos pertenece, aunque sólo sea el recuerdo lo que realmente poseemos. Cuando descubrimos que nos han robado estos lugares nos irritamos y sentimos profundamente ofendidos, porque ponen ante nosotros la realidad de que todo continuará aunque dejemos de mirar – dijo con una expresión vivaz- Habrás visto que tu ciudad vive en ti y la superpones a la realidad actual, del mismo modo que la mía crece en mí y bebe en parte de tus recuerdos y así millones de ciudades nacen y mueren cada día con sus recuerdos y experiencias. Al final es la vida, tu mirada, la mía, la de tu nieto… las que le confieren un efímero sentido y cohesión a toda esta topografía de experiencias sensitivas, que sólo cuando las compartes, cuando las transmites con pasión y afecto es cuando adquieren cierto relieve.

 

Texto: Manuel Ramos / Fotografía: Manuel Ramos / Relato escrito originalmente para AAAA magazine / 

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