Arquitectura sanadora / El Jardín-hospital que ayuda a curar a los pacientes

En muchas ocasiones me he preguntado sobre la relación entre la arquitectura y el comportamiento de sus usuarios, y si existe alguna relación directa entre la morfología del espacio y cómo nos desenvolvemos en el entorno que ésta propone.

Durante la carrera, pocas fueron las veces que salieron temas relacionados con esto que hoy llaman “neuro-arquitectura”, y no ha sido hasta ahora, embarcada en el apasionante mundo de la investigación, cuando he podido ahondar en tan maravilloso campo.

Hace unos meses comencé a leer sobre el Prouty Garden del Hospital Infantil de Boston, un sitio del que científicos de distintas disciplinas afirman que ayuda a curar a los peques que lo visitan: un claro ejemplo de este vínculo entre neurociencia y arquitectura (del paisaje en este caso).

A través de un sencillo vídeo (compartido en Youtube en  Agosto de 2011) conocimos la historia de Aidan, un niño de tres años que acababa de recibir un trasplante de corazón. Su abuela, escribió en su blog que a su nieto le encantaba salir al jardín del hospital a dar de comer a los pájaros y las ardillas. Eso animaba al peque a salir de la cama a diario para adentrarse en el mundo de la naturaleza, en la aventura de estimular sus sentidos.

El sitio del que la abuela hablaba es el jardín del Hospital Infantil de Boston, localizado en una zona muy céntrica de la pequeña ciudad (Longwood Av, 300, para los que tengan la suerte de poder visitarlo). El edificio, con una generosa planta forma de C, abraza un jardín compuesto por una gran fuente y siete piezas verdes de muy diferentes características. Es conocido por su vitalidad, lleno de plantas y árboles, ardillas  y  pájaros,  y un rico mobiliario urbano.

Diversos arquitectos, psicólogos y médicos se han interesado por la relación que los pacientes tienen con el frondoso espacio verde del hospital, como la abuela de Aidan contaba. Como explica Clare Cooper Marcus, profesora de Berkeley, éste es “uno de los jardines con más éxito del país”.

Sensacionalismos aparte: Gracias a que se dio a conocer esta curiosa relación, los profesionales de las diferentes áreas decidieron plantearse la posibilidad de estudiar mediante experimentos si efectivamente los jardines o espacios naturales podrían ayudar a la pronta recuperación de un enfermo.

Roza el sentido común que el aire limpio, la luz del sol y los olores de la naturaleza, son elementos fundamentales para una enriquecedora experiencia del medio, pero ahora, gracias a las demostraciones aportadas (entre otros, por el psicólogo medioambiental Roger Ulrich) se sabe con certeza que observar eventos de la naturaleza puede reducir el periodo de recuperación tras cirugías, infecciones u otras dolencias.

En el número 10 de la revista Cuadernos de Mente y Cerebro (número dedicado al dolor) se hace referencia a los mecanismos que el cuerpo tiene para experimentar esta desagradable sensación, y cómo mediante la interacción de agentes externos (naturales o químicos) esta sensación puede amainar, variando la cantidad y tipo de neurotransmisores que participan de la actividad sináptica.

Gracias a los experimentos llevados a cabo en sitios similares a este jardín-hospital, se ha demostrado que pasar de 3 a 5 minutos observando un paisaje dominado por árboles, flores o agua, reduce los enfados, la ansiedad y el dolor. Además, se ha comprobado que induce al observador a un estado de relajación. Estos experimentos toman la información midiendo cambios fisiológicos en el observador, como las variación de la presión sanguínea, la tensión muscular, y la actividad del cerebro y corazón.

De hecho, los beneficios de observar un paisaje son tales que incluso una reproducción fotográfica tiene un impacto positivo en nosotros.

Como Cooper Marcus escribe: “pasar tiempo interactuando con la naturaleza no hará curar una cáncer o una quemadura en una pierna, pero hay una clara evidencia de que pueda reducir tus niveles de dolor y estrés. Y, al hacer esto, impulsar tu sistema inmunológico de manera que contribuya a la sanación de tu organismo. En cooperación con otros tratamientos, puede ayudarte a sanar.”

Otro ejemplo es el estudio realizado en un hospital infantil en San Diego, donde se escogieron dos esculturas de los jardines para analizar el nivel y tipo de interacción que los peques tenían con ellas. Una era una tortuga con teselas de colores; la otra, dos grandes piedras que simbolizaban una grúa. Se observó que la tortuga mostraba un potencial de interacción mucho mayor que la supuesta grúa. Con un fácil acceso, formas redondeadas, colores llamativos y rica en detalles, los niños estaban mucho más predispuestos a tocarla, mirarla, escalarla… mientras que la grúa carecía de atractivo para los sentidos.

Esto nos lleva a reflexionar sobre cómo, sólo con la observación, nuestro cerebro es capaz de desarrollar un abanico de posibilidades de interacción que nos ayuda a relacionarnos con nuestro entorno. Esto se debe en gran parte a los mecanismos de las neuronas espejo, que hacen que el cerebro tenga más actividad si observamos algo que sugiere acciones.

A mi parecer es competencia de los arquitectos crear espacios que tengan en cuenta esta capacidad evocativa, o al menos tomar consciencia de los impactos que la arquitectura tiene en nuestro cerebro.

Centrándose en este tipo de estudios, la arquitecta Susan Rodiek se ha preocupado por elaborar una lista que continene los posibles elementos que hacen que un jardín-hospital tenga esta capacidad curativa, vinculando los estudios teóricos al diseño, llevando lo perceptivo al mundo tangencial.

  • Mantenlo verde: Proyectar zonas frondosas de árboles, flores y setos con distintos tamaños y texturas que supongan un 70% del total; el otro 30% podrá estar destinado plazas y paseos.
  • Las esculturas abstractas no tranquilizan a personas enfermas o preocupadas.
  • Mantenerlo vital: los árboles de mayor envergadura atraerán a pájaros y se podrán colocar bancos o sillas móviles debajo de ellos para facilitar las conversaciones y fomentar la interacción.
  • Involucrar los cinco sentidos: los jardines que pueden ser tocados, escuchados, vistos y oídos, son los que más calman. Evita las fragancias intensas, sobre todo en zonas con pacientes que estén tratándose con quimioterapia.
  • Preocúpate por los paseos: la accesibilidad no sólo atañe a las sillas de ruedas, sino que también determina el caminar con seguridad y poder ver con claridad los límites del camino.
  • Cuidado con el agua: Las fuentes demasiado ruidosas no calman a nadie, como tampoco lo hace el olor a agua estancada.
  • Facilita el acceso: Sin puertas pesadas o de difícil localización.

Esta lista es uno de los muchos esfuerzos que profesionales de todo el mundo estamos haciendo por demostrar que el entorno construido tiene una relación directa con cómo nos comportamos y con cómo se comporta nuestro cuerpo.

Conocemos nuevas formas de acercarse al conocimiento que están proliferando en las investigaciones más actuales, como la extended congnition, enmbodied cognition o distributed cognition, que nos ayudan a entender lo que sucede en nuestro cerebro cuando nos encontramos en un jardín como el de Boston.

Parece lógico pensar que este diálogo cerebro-espacio sucede a diario y en silencio, y que nos acompaña con cada cosa que hacemos. Todos tenemos un sitio favorito para reflexionar, ¿qué características tiene el tuyo?.

 

Texto: Ana Mombiedro / Fotografía: info en el pie de foto / Escrito originalmente para AAAA magazine / Links de interés: Prouty Garden / Fecha: 24 feb 2016

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