Poesía del Abandono / Castillo de Sagunto

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«Cuando se construye un edificio, es todavía libre de servidumbre, tiene un tipo de elevación espiritual – ninguna brizna de hierba puede crecer en su estela. Cuando es terminado y en servicio, se diría que quiere contarle la aventura de su construcción. Pero todas sus partes encerradas entonces en su servidumbre devuelven esta historia poca interesante. Cuando deja de utilizarse y cuando cae en ruinas, entonces reaparece la maravilla de sus comienzos: es bueno verlo enlazado por follaje, de nuevo elevado en espíritu y liberado de servidumbre». Louis I. Kahn, “Architecture: Silence and light”.

Las ruinas siempre han provocado una fascinación irracional sobre el hombre. Símbolos caídos, a veces, de la grandeza de civilizaciones desaparecidas, son lugares propicios al imaginario. ¿Quién de pequeño nunca ha soñado con explorar un castillo abandonado, construyéndose un mundo mental de aventuras?

Las ruinas, reencontradas por los arquitectos durante viajes iniciáticos, desempeñan un papel mayor, aún hoy, en la concepción del pensamiento moderno de la arquitectura. Le Corbusier viajó a Italia, y Kahn penetró en la esencia de la arquitectura observando las sombras de las pirámides. La arquitectura es una cosa mentale.

Las ruinas nos dan una de las llaves de su comprensión; nos acercan a su dimensión espiritual. En el extracto anterior, Kahn explica que cualquier edificio tiene sentido cuando vuelve a ser libre de sus usos. Redescubrir el edificio en su plenitud, donde el sentimiento de silencio predomina.

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La ruina nos recuerda la condición del hombre: que nada perdura. La ruina es el rastro del pasado, del cual resuenan los ecos. Nos envía a un imaginario utópico, y a una arquitectura antigua, que puede provocar un impacto emocional, la reminiscencia de un recuerdo.

Pero con este texto no busco exponer la génesis de la arquitectura, sino de ilustrar el discurso de Kahn con un ejemplo sacado de una experiencia personal, un «impacto emocional».

Durante mis viajes por España, paré en el castillo de Sagunto. Algunos kilómetros más al norte de Valencia, Sagunto ha sido el escenario de las guerras púnicas entre Roma y Cartagena. Hoy, dejado al abandono, se confunden ruinas romanas y medievales. Sagunto, castillo de piedras y cactus, tiene por único decorado las montañas y el mar. Ruina en estado puro, que el visitante (mejor dicho, el curioso) explora sin límites. Este lugar sin ninguna intervención logra una poesía tal que su recuerdo persiste en la memoria.

Hoy en día crece una voluntad de preservar ruinas, y así, raros son los lugares que se quedan solamente con el paso del tiempo como transformador. Suelo indignarme por la acumulación de turistas en ciertos lugares, como un presentimiento, una constatación, una urgencia.

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Cuando veo a todas esas personas que se agrupan, yendo con prisa de un lugar a otro, tomando fotos, diseñando una sonrisa, y reiterando la misma escena tres metros más lejos, sólo puedo pensar que hay algo que no entienden. No entienden dónde se encuentran; la memoria del lugar, y el respeto hacia ella. Esta forma masiva, servil y agobiante, donde el visitante realiza con prisa la visita, saca una foto, y, satisfecho, vuelve a casa con su postal comprada en la tienda de regalos, impide pararse, respirar un momento, y contemplar.

Sagunto está muy lejos de este turismo de masas. Alcanza una poesía del abandono, de la ruina, de un ideal encontrado. El lugar insufla serenidad, calma, tranquilidad. Su descubrimiento queda en mi memoria como un recuerdo inolvidable, acercándose a la esencia de lo que Kahn decía, y me repito: el edificio liberado de sus usos llega a su esencia original.

¿No sería el momento de volver a contemplar ? Contemplar, como necesidad de una vuelta a la fuente original, a la cabaña primitiva, al profundo y simple éxtasis del lugar desierto. Impregnarse del genius loci. Mirar como si fuera la primera vez un campo de flores, bañado por el sol, donde surge aquí y allá una columna. El silencio de las ruinas habla de su propia humildad. Dejar el mapa, y llegar al imaginario, la poesía del lugar, del abandono, y, finalmente, llegar a ser «de nuevo elevado en espíritu y liberado de servidumbre».

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Redacción: Anne-Claire Bled / Edición: Ana Asensio / Fotografía: Anne-Claire Bled / Escrito originalmente para AAAA magazine / Fecha: 8 ago 2016