Esquizoanálisis, o cómo La Movida conquistó su espacio.

Arde la calle al sol del poniente. Hay tribus ocultas cerca del río esperando a que caiga la noche. Hace falta valor.

“Hace falta valor”, le susurraba Eloise a su noviete Tino, quien por aquel entonces aún se peinaba con la raya al lado y la dejaba en casa a las siete de la tarde para ir a misa. La misma provocación parecía flotar en la cargada atmósfera de aquel verano madrileño de 1975. Al aspirar el aire de la gran ciudad, algo parecía quemar en las fosas nasales, creando una sensación de malestar inconformista mezclado con extraña adrenalina. Meses después habría un cambio de aires.

La escena del Manzanares a través de la ventana, el recuerdo del idilio veraniego y el estallido del obús mediático que supuso la noticia de “españoles, Franco ha muerto”, se diluyeron en un cóctel de neón, lycra y celofán, del que no sólo bebió la moda o la música, sino que (una vez derramado el vaso del exceso) bañó las gargantas sedientas de todo un movimiento artístico generacional. Todos a la de una Fuenteovejuna, salieron a quemar las calles de Madrid, raudos y alocados como el cervatillo que, poco después de nacer, persigue dando saltos a su madre a la fuga. Una juventud europea que ya había experimentado su (r)evolución.

La incursión y eclosión de España en la vanguardia europea vino a darse a partir del cliché que la había colocado desde siempre en la retaguardia. La pintura typical spanish se lavó la cara y comenzó a valerse de nuevos recursos que acabarían de tomar forma bajo el paraguas interdisciplinar de los Esquizos de Madrid[i], un grupo artístico formado tras los Encuentros de Pamplona de 1972.

También la pintura, aunque se la considere una máquina soltera, necesita hacerse la permanente[ii].

Grupo de Personas frente a un Atrio. Guillermo Pérez Villalta.

Grupo de Personas frente a un Atrio. Guillermo Pérez Villalta.

Los Esquizos frente al cuadro de Villalta en la Galería Amadís. Fotografía del MNCARS

Los Esquizos frente al cuadro de Villalta en la Galería Amadís. Fotografía del MNCARS

Los años continuaban pasando. Las ideas y la trayectoria ideológica estaban ya marcadas. Tino había dejado dramáticamente a Eloise y leía a escondidas bajo las sábanas el Anti-Edipo de Deleuze y Guattari, con el grito ahogado en la garganta y con una panda de colegas que, como él, reivindicaban un cambio a su manera. Sólo faltaba ganar un espacio con más visibilidad que los blancos muros de la galería Amadís.

El salto de los Esquizos a los medios de comunicación ocurrió de la mano del grupo performativo ZAJ, considerado por los historiadores culturales y artísticos, la célula primigenia de la Movida. De ZAJ quedan muy pocos registros artísticos que no sean los de los propios fans asistentes a sus performances, donde la música, la pintura, el teatro y la danza ponían el grito en el cielo. No es de extrañar que, con tanto grito y en un país donde aún existía la represión, las fuerzas del orden aparecieran como invitado especial dentro del reparto para correr el telón final a golpes.

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No obstante, la llamada de ZAJ a conquistar nuevos espacios expresivos, dio lugar no sólo a que este movimiento cultural (hijo bastardo del Pop art y el Punk concebido una noche de guateque) creciera como la espuma, sino que dotó a sus creaciones de intertextualidad y de pluralidad. Cualquier estudiante de artes de tres al cuarto la habría confundido con la obra de arte total wagneriana, un poco más maquillada, haciendo gala de todos esos artilugios que están ahí tan sólo para adormecer la conciencia y darle un toque seductor a su aspecto final.En ella, la música jugó un papel fundamental.

La música se veía como un registro que se puede llegar a comprender y disfrutar más allá de la época en la que fue creada, gracias a su mensaje universal. En cierto sentido, eso era lo que los Esquizos, con su arte figurativo, querían conseguir: crear un lenguaje universal interpretable en cualquier época. Guillermo Pérez Villalta, en una de las entrevistas que hizo a lo largo de los 70, admitió de forma vehemente que si no se conocía la música de Jimi Hendrix y no se habían consumido tripis uno no va a entender nunca nada.

En ésas estaba nuestro grupo de Esquizos, como una pandilla tétrica de súper héroes narcotizados y alucinados al estilo de los cómics de Nazario, haciendo de las suyas. Carlos Alcolea había traído de París los catálogos de exposiciones que postergaban la que parecía una infinita ruptura de la tradición. Guillermo Pérez Villalta había cambiado Tarifa por la gran ciudad, dejándose caer por el movimiento situacionista. Herminio Molero, entre pincelada y pincelada, se había lanzado a tumba abierta hacia la vertiginosa musicalidad del punk, a lomos de un sintetizador junto con Radio Futura. Sigfrido Martín Begué, había barrido de un aspaviento los planos cuadriculados de su escritorio de arquitecto en pos de diseñarse una nueva realidad con una escenografía que rozaba de lejos las leyes físicas. Mientras tanto, Chema Cobo jugaba a las cartas con el Jolly Joker dejando caer de vez en cuando algunas migajas para alimentar a un camaleón llamado Sócrates. Y así un largo etcétera.

La arquitectura distorsionada de la ciudad de Madrid, dominada por el ritmo de una noche en la que aún se olfateaban los efluvios de la dictadura en las duras construcciones para enaltecer al régimen caído, dejaba adivinar escondites en sus recovecos y en sus calles: bares, clubes y conciertos, frecuentados por personas como Tino, que ahora deambulaba por las calles de manera totalmente desenfadada, sabiéndose hijo de su época aún sin poseer ningún don especial. Como él,  los Esquizos no poseían excesivos recursos pictóricos, pero se notaba que buscaban algo absolutamente nuevo, un intento de ensanchar la brecha, de no admitir las prohibiciones que aún resonaban en la Vanguardia acartonada de la Academia.

Estos pintores narraban, sentían, reían cosas que, en aquella España acomplejada, los demás no se atrevían a mirar, ni a sentir, ni a reír. Con las cuatro exposiciones de Amadís, cuyo tono recordaba al Pop inglés, arte esencialmente provocador y educado, se acababa una larga cuaresma. (…) No se trató de dar marcha atrás al reloj de la Historia (…) sino de enfrentarse a una aventura apasionante: avanzar hacia adelante y en solitario a través de los oscuros espejos de tradición, de todas las tradiciones, tanto pretéritas como modernas, sin renunciar a ninguna, hasta sacar cada uno sus propias conclusiones [iii].

Los espacios cotidianos, la alegoría del bar como grupo artístico, la vista de la ciudad a través de la ventana, los juegos de espejos, el horizonte disuelto y un nuevo concepto excesivo de decoración conquistarían el espacio pictórico y urbano. El nuevo posicionamiento estético de la Movida se había hecho poco a poco con el entorno de la ciudad en todos los planos, una dualidad esquizoide entre dentro y fuera, entre sentimiento de pertenencia y aversión, que inundó todo un momento histórico con sus luces, formas, colores, sonidos y actitudes.

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Autorretrato de Pablo Pérez-Mínguez con Guillermo Pérez Villalta y Santiago Auserón

Aún nos quedan restos arqueológicos de la época. Sobreviven en los nuevos perfiles de nuestras ciudades (al artículo de Manu BarbaEstética y Cordon Bleu” me remito). Si bien antes fueron el escondrijo de la modernidad, el reclamo para un grupo de insectos nocturnos que poblaron a sus anchas los recovecos de una España carcomida, ahora son el escondite de la nostalgia. Aún hay quien pasa por un bar antiguo, coronado por un rótulo de neón, en cuyo interior se hace alarde de una colección de carátulas de discos de su época dorada. Para muchos esas carátulas ahora no son más que un fetiche decorativo.

“En el contexto de los Esquizos, ellos eran la prueba fehaciente de que se había logrado la simbiosis entre las diferentes disciplinas: la colaboración artística, estética, cinética”, explica Tino a los feligreses de su bar, que se mantiene intacto en el barrio de Malasaña treinta años después. Aún conserva un aire distinguido pese a su edad. Y cualquier parecido con Tino Casal es pura coincidencia.

Redacción: Rocío Sola / Edición: Ana Asensio / Imágenes: pie de foto / Escrito originalmente para AAAA magazine / 

Notas:

[i] Pese a que no se trataba de un grupo uniforme, los miembros más importantes dentro de la organización de las exposiciones colectivas con sello “esquizoide” son:Carlos Alcolea, Chema Cobo, Carlos Franco, Luis Gordillo, Sigfrido Martín Begué, Herminio Molero, Rafael Pérez-Mínguez, Luis Pérez-Mínguez, Guillermo Pérez Villalta y Manolo Quejido,entre otros

[ii] RIVAS, Quico. Cómo escribir de pintura sin que se note. Madrid, Ediciones Ardora, 2011, p. 187.

[iii] VV.AA. Los esquizos de Madrid: figuración madrileña de los 70: [exposición] 2 de junio -14 de septiembre de 2009, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid, MNCARS 2009, p. 68.