Arquitecturas en papel / Edificios que crecen hasta lo desmesurado

En el ejemplo de esas construcciones fortificadas, siguió más o menos Austerlitz, levantándose de la mesa y echándose la mochila a la espalda, terminando las observaciones que había hecho en el Mercado de los Guantes, se podía ver cómo nosotros, a diferencia de las aves, que durante siglos construyen el mismo nido, tendíamos a proyectar nuestras empresas muy por delante de cualquier límite razonable.

Habría que hacer alguna vez, dijo aún, un catálogo de nuestras construcciones, en el que aparecieran por orden de tamaño, y entonces se comprendería enseguida que las que se situaban por debajo del tamaño normal de la arquitectura doméstica —las cabañas de campo, los refugios de ermitaño, la casita de vigilante de esclusas, el pabellón de hermosas pistas, el pabellón de los niños en el jardín—, eran las que nos ofrecían al menos un vislumbre de paz, mientras que de un edificio gigantesco como, por ejemplo, el Palacio de Justicia de Bruselas en la antigua colina del patíbulo, nadie que estuviera en su sano juicio podría afirmar que le gustase. En el mejor de los casos, se admiraba, y en esa admiración había ya una forma de espanto porque de algún modo sabíamos naturalmente que los edificios que crecen hasta lo desmesurado arrojan ya la sombra de su destrucción y han sido concebidos desde el principio con vistas a su existencia ulterior como ruinas.

Esas frases dichas por Austerlitz cuando casi se estaba yendo seguían estando en mi mente cuando, a la mañana siguiente, con la esperanza de que quizá volviera a aparecer, yo estaba sentado ante un café, en el mismo bistrot del Mercado de los Guantes en el que, la noche anterior, se había despedido sin más.

 

Fragmento de Austerlitz (2001), de W. G. Sebald / Seleccionado por AAAA magazine / 

Publicado el fallo del concurso CaVA ARIZONA / Arquideas

Ya ha sido publicado el fallo del jurado del concurso internacional organizado por Arquideas, CANYON VIEW ACCOMMODATION (CaVA) ARIZONA. Cinco menciones honoríficas y tres premiados, elegidos tras haber estudiado detenidamente las 149 propuestas presentadas al concurso de 29 países diferentes y en dos fases de valoración, han generado una propuesta que aspira a ser un punto de parada obligatoria para el visitante del Gran Cañón del Colorado, un espacio de reunión y alojamiento que ofrezca al visitante una experiencia única en medio de un paraje tan reconocible como éste.

“Las propuestas premiadas representan en su conjunto los valores pretendidos en el concurso, acercándose al problema desde distintos enfoques muy meditados y llenos de talento”, explica el jurado tras el fallo.

Desde AAAA magazine, como partners de Arquideas y colaboradores del concurso, queremos compartir con vosotros el acta del jurado, y los distintos equipos y proyectos ganadores. Podéis acceder también a la información desde la web del concurso.

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Fotografía / IFAC 2016, The Legend

Note: Behind every myth there is a legend. This is the germ of the photographic project: Ifac 2016 The Legend, which is also an experimental methodology based on a ludic learning and photography as a way for exploring the environment. Visit it on its original web, or keep reading.

Nota: Detrás de cada mito hay una legenda. Éste es el germen del proyecto fotográfico Ifac 2016 The Legend, que sienta además una metodología experimental basada en el aprendizaje lúdico y en la fotografía como medio de exploración del entorno. Visítalo en su página original, o continúa leyendo.

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Arquitecturas en papel / Con alma

Reconocíase la torre del campanario de San Hilario desde muy lejos, inscribiendo su fisonomía inolvidable en un horizonte donde todavía no asomaba Combray; cuando en la semana de Resurrección, la veía mi padre, desde el tren que nos llevaba de París, corriendo por todos los surcos del cielo y haciendo girar en todas direcciones su veleta, que era un gallo de hierro, nos decía: «Vamos, coged las mantas, que ya hemos llegado». Y en uno de los grandes paseos que dábamos estando en Combray, había un sitio en que el estrecho camino iba a desembocar en una gran meseta cuyo horizonte cerrábalo la dentada línea de unos bosques, y por encima de ellos asomaba únicamente la fina punta de la torre de San Hilario, tan sutil, tan rosada, que parecía una raya hecha en el cielo con una uña, con la intención de dar a aquel paisaje, todo de naturaleza, una leve señal de arte, una única indicación humana. Cuando se acercaba uno y se veía el resto de la torre cuadrada y medio derruida, que menos alta que la del campanario, aun subsistía junto a ella, sorprendía ante todo el tono sombrío y rojizo de la piedra; en las brumosas mañanas de otoño, elevándose por encima del tormentoso color violeta de los viñedos, hubiérase dicho que era una ruina purpúrea, del color casi de la viña virgen.

Muchas veces, al pasar por la plaza, de vuelta del paseo, mi abuela me hacía pararme para contemplar el campanario. De las ventanas de la torre, colocadas de dos en dos, unas encima de otras, con esa justa y original proporción en las distancias que no sólo da belleza y dignidad a los rostros humanos, soltaba, dejaba caer a intervalos regulares bandadas de cuervos, que durante un instante daban vueltas chillando, como si las viejas piedras que los dejaban retozar sin verlos; al parecer, se hubieran tornado de pronto inhabitables, y exhalando un germen de agitación infinita los hubieran pegado y echado de allí. Y después de haber rayado en todas direcciones el terciopelo morado del aire, se calmaban de pronto y volvían a absorberse en la torre, que de nefasta se había convertido en propicia, y unos cuantos, plantados aquí y allá, parecían inmóviles, cuando estaban, quizá, atrapando a algún insecto en la punta de una torrecilla, lo mismo que gaviota quieta, inmóvil, con la inmovilidad del pescador, en la cresta de una ola. Sin saber muy bien porqué, mi abuela apreciaba en la torre de San Hilario esa falta de vulgaridad, de pretensión y de mezquindad que la inclinaba a querer y a considerar como ricos en benéfica influencia a la naturaleza siempre que la mano del hombre no la hubiera, como la de nuestro jardinero, empequeñecido. y a las obras geniales.

Indudablemente, la iglesia, vista por cualquier lado, se distinguía de los demás edificios en que tenía infusa como una especie de pensamiento; pero en su campanario es donde parecía tomar conciencia de sí misma y afirmar una existencia individual y responsable. La torre hablaba por ella. Creo que en la de Combray encontraba mi abuela la cualidad que más apreciaba en este mundo: la naturalidad y la distinción. Como no entendía de Arquitectura, decía: «Hijos míos, podéis reíros de mí; no será hermosa conforme a los cánones, pero me gusta mucho esa forma suya tan vieja y tan rara. Estoy convencida de que si tocara el piano tocaría con alma». Y, al mirarla, al seguir con la vista la suave tensión, la inclinación ferviente de sus declives, de sus pendientes de piedra, que conforme se alzaban iban acercándose como se juntan las manos para rezar, uníase tan bien a la efusión de la aguja, que su mirada se lanzaba hacia arriba con ella; y, al mismo tiempo, sonreía bondadósamente a las viejas piedras gastadas, que ya sólo en el remate alumbraba el poniente, y que desde el momento en que entraban en esa zona soleada, suavizadas por la luz, parecían subir mucho más arriba, ir más lejos, como un canto atacado en voz de falsete, una octava más alto.

 

Fragmento de En busca del tiempo perdido (1913), de Marcel Proust / Seleccionado por AAAA magazine / 

Arquitecturas en papel / Empezó el castillo a hacerse visible, con luz propia

El peón caminero regresó a su casa y pronto se halló ante la fuente, abriéndose paso entre las flacas reses que habían sido llevadas a beber y murmuró algo a los aldeanos.

Cuando éstos hubieron comido su pobre cena, no se marcharon a la cama como de costumbre, sino que salieron a las puertas de sus casas y se quedaron allí. Todos hablaban en voz baja y todos miraban ansiosos en la misma dirección. El señor Gabelle, el primer funcionario de la localidad, sintió cierta inquietud; se subió él solo al tejado y miró en la misma dirección que los demás. Luego bajó los ojos para contemplar los sombríos rostros de los aldeanos y mandó aviso al sacristán, que guardaba las llaves de la iglesia, acerca de la posibilidad de que aquella noche fuese necesario tocar a rebato.

Cerró la noche. Los árboles que rodeaban el viejo castillo se balanceaban a impulsos del viento, como si amenazaran a la maciza construcción. Batía la lluvia las dos escalinatas que conducían a la terraza y algunas ráfagas de viento penetraban en el castillo, fingiendo quejumbrosos gritos y moviendo las cortinas de la habitación en que durmiera el marqués. De los cuatro puntos cardinales avanzaban cuatro desgreñadas figuras hollando la hierba y haciendo crujir las ramitas, en dirección al patio del castillo. Brillaron luego cuatro luces, se movieron en direcciones diferentes y todo quedó nuevamente obscuro. Pero no por mucho tiempo, porque pronto empezó el castillo a hacerse visible, con luz propia, como si se hiciera luminoso. Se elevó luego una llamarada por detrás de la fachada, apareciendo en los sitios abiertos de la misma y en breve, por todos los huecos de la construcción, empezaron a salir llamas.

 

Fragmento de Historia de dos ciudades (1859), de Charles Dickens / Seleccionado por AAAA magazine /