Las piedras de Ryoan-Ji

Gasto mi tiempo en recordar  su vulgaridad, su insultante simplicidad, y la forma de organizar el mundo desde su estática y su firme convicción de revolución verde y callada. Ese desprecio altivo y pétreo de quien controla la inmensidad y sobre todo del que sabe que está en su lugar en el mundo. También me acuerdo de cómo aquel día llegué allí, con Gian, desde Ninna-Ji y de cómo no escribí nada más hasta el día siguiente, porque sencillamente, no podía verbalizar lo que encontré.

Sé que aquel día me preocupé, no sólo porque amenazaba lluvia, como todos los días de aquel viaje. Sé que los yenes tintineaban al caer de mi mano al plato, como lo hacían todas las monedas del mundo desde las manos de millones de personas, una música sin dimensión, con su propia medida y su propia cadencia. Ése también era el sonido metálico que hacían los dragones, como aquella reverberación que oí al compás de unas maderas en Kamakura, pero en Ryoan-ji, como en muchos sitios de Kyoto, la lúbrica idiosincrasia del dinero no tenía cabida más allá del ticket de entrada.

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El Arquitecto que asesinó a la Luna

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“Ciruelo en Flor y Luna” Katsushika Hokusai

La creatividad nunca tiene un camino preestablecido. Es un flujo cuyo cauce se adapta a la orografía personal, serpenteando suavemente entre las diferentes ideas y circunstancias del creador, para acabar desembocando en lo creado a través de una herramienta. Estos factores, en su mayoría, no están bajo el control de aquél que crea, ni siquiera esas herramientas, que muchas veces son una simple horma donde encajan los deseos creativos.

Pero vamos a fijar la atención en las circunstancias. Acontecen sin falta, a cada uno de nosotros, y no son más que la confluencia de situaciones azarosas, producto a su vez, de otros cientos de miles de cadenas infinitas de azar (cadenas que mucha gente se obsesiona con llamar destino y son sencillamente historia). Las connotaciones de estas circunstancias azarosas, que condicionan la creatividad, son “grosso modo” y perdón si no me embarro demasiado, positivas o negativas, ya que reportan un beneficio, o una pérdida, generando respuestas emocionales a su alrededor. Por tanto, se puede afirmar que la tranquilidad o la felicidad al igual que el asco, la tristeza o la ira son efecto de las circunstancias vitales que nos acontecen. Así, se constituye por sedimentación esa geología de valles y montañas por los que fluye la creatividad, desembocando en obras.

Entonces, si se puede crear desde circunstancias reales ¿se podría crear desde circunstancias ficticias? La imaginación, la meditación y los sueños son potentísimos catalizadores de experiencias, que aumentan exponencialmente las posibilidades de choques y distorsiones. Estos, son la puerta nuevos caminos, que a su vez provocarán nuevos puntos de partida, abasteciendo a ese río a la hora de crear. Pero, qué sucedería si estas experiencias oníricas nos reportasen vivencias extremas, que la vida diaria no nos permite, por cuestiones morales y/o legales,  acumular entre nuestras experiencias. ¿Qué sucedería tras acumular la vivencia de las perversiones más ocultas, o de los actos más bondadosos?

¿Se podría proyectar una obra desde el asesinato?

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Antonio Jiménez Torrecillas (1962 – 2015) / Arquine

A un mes de su pérdida, recordamos de nuevo al arquitecto granadino, a través de este homenaje en forma de artículo, escrito para Arquine [accede a la publicación original aquí]

Era Marzo, primer año de carrera y un amigo mío y yo decidimos saltarnos la sesión de proyectos para asistir a una clase de la que nuestros compañeros hablaban emocionados. Allí estaba él, una figura alta y enjuta atendía a las exposiciones de los alumnos sobre un proyecto de un cubo de 3x3x3m. Esta figura abría los ojos como platos ante los tímidos atisbos creativos que aparecían en estos cubos. Él, con la maestría de un labriego separaba la paja del grano a través de la ilusión, que transmitía con unos discursos que, aunque todavía no entendíamos muy bien, facilitaban la inmersión en la doctrina de la arquitectura. Cuatro años después, pese a que la enfermedad ya lo estaba atacando, la pasión que transmitía en sus clases seguía impoluta.

interior de la muralla nazarí ©Juan José Tenorio Feixas

interior de la muralla nazarí ©Juan José Tenorio Feixas

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Micro-rebelión contra la falsa maestría.

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Kurt y su hija Frances.

Durante un tiempo he estado con un pequeño dilema rondándome la cabeza, que reventó cuando hace un par de días tuve la oportunidad de ver un documental: “Cobain, Montage of Heck”. En esta película se muestra la trayectoria del cantante de Nirvana, desde su más tierna infancia hasta su muerte en 1994. En ella además de los archiconocidos problemas con la heroína se mostraban problemas algo más íntimos de Kurt, como el rechazo o unos trastornos mentales bastante severos. Sin embargo de estos problemas me llamó la atención uno, el que primero se pone de manifiesto.

Un niño pequeño, más pequeño de lo que cabría imaginar, se obsesionaba por la perfección. Esta empezaba camuflada bajo algo que podría considerarse bondad, preocuparse por los demás, por su seguridad o su salud, que se empieza a canalizar bajo un intenso aprendizaje de guitarra y que a los nueve años explota, ante el divorcio de sus padres. Una situación de extrema imperfección como es la del divorcio en la América de principios de los 80, era intolerable para el pequeño Kurt.

Al verlo me asustó un poco ver cierta faceta de mi mismo y de gran parte del colectivo, probablemente inculcada (o potenciada), reveladora de unas aspiraciones enfermízamente perfeccionistas que en ciertos momentos me he sentido muy tentado de alcanzar.

¿Qué es lo ideal para un recién titulado? Acabas cuanto antes las asignaturas, trabajas en el proyecto final de carrera mientras estas becado en algún estudio, buscas prácticas en el extranjero (o en la patria, pero sabes que es algo más difícil y debes amortizar ese título de inglés tan caro que te sacaste) y como guinda acabas colocado en un estudio de prestigio, fin.

¿Alguien se ha preguntado por qué?

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Antes todo esto era Campo

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¡Hombre Campo! Tenía yo ganas de hablar contigo, ven aquí. Mira que llevo tiempo pensando sobre el asunto, pero nunca he encontrado la oportunidad, así que aprovecho para preguntártelo con honestidad: ¿Qué te ha pasado?, ¡tú antes molabas! últimamente andas de capa caída, ya no eres el mismo de antes. ¡Campo, el dignificador del brutalismo español! Que ha sucedido con ese tipo ¿eh? el señor al que llevo años admirando se está convirtiendo delante de mis narices en un creador de figurillas, que no se da cuenta de que se queda atrás porque en vez de ir mirando al frente, va mirándose el ombligo. Sigue leyendo