Entrevista a Fru*Fru (II): Rosana Galián y Paula Vilaplana

Continuamos con la entrevista realizada a las integrantes de Fru*Fru:

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Postal de “Histerias de vida” ©Fru*Fru

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De por qué “espectáculo” no debería rimar con “vernáculo”

Uno de los gestos recurrentes en toda época es mirar hacia atrás para saber cómo seguir hacia delante. Es algo bastante sabio. Sea para copiar a los antiguos, sea para romper totalmente con ellos, los arquitectos siempre han mirado qué les podía enseñar la historia.

En el mundo actual tenemos toneladas de información, avalanchas de ejemplos en los que inspirarnos, testimonios y experiencias variadísimas de cómo afrontar un proyecto “consciente” de su bagaje cultural. Nunca ha sido tan fácil aprender del pasado.

Sin embargo, en la arquitectura, mirar de frente a la tradición es un arma de doble filo, pues tras el análisis viene la propuesta, y es entonces cuando, en muchos casos, acabamos flotando perdidos en algún incómodo lugar entre el pastiche y la nave espacial.

“Hola, soy tu tradición” [Imagen de Archdaily]

“Hola, soy tu tradición” [Imagen de Archdaily]

El primer problema que nos encontramos, más allá de la propia denominación de esta arquitectura popular (debate, por otro lado, que no por frecuente deja de ser interesante), es en qué consiste esa tradición construida. ¿Es la forma resultante? ¿Es el material utilizado? ¿Es la estrategia para resolver los problemas ¿O es el proceso que se sigue para construirla?

No encontraréis en este artículo muchas respuestas a estas preguntas. Soy demasiado joven y poco instruído como para atreverme a definir nada. Pero sí he ido desarrollando una urticaria hacia ciertas maneras que observo a mi alrededor.

Y es que visto cierta tendencia en muchos arquitectos a tomar la tradición, lo popular, como excusa para hacer lo que a sus creativas gónadas les parecía. Esta manera de proyectar caprichosa, en ocasiones también formalista, se limita a reducir la arquitectura popular a un tic, a un gesto absurdo y cada vez más comercial. Atendemos, así, a la banalización y la comercialización de la arquitectura popular, que queda reducida a un argumento puramente retórico.

Esto se puede observar en los proyectos finalistas y ganadores de concursos de arquitectura internacionales: para triunfar lo más importante es vender que te estás inspirando muy muy fuerte en las tradiciones patrias y plantar tu genial idea (obviamente, acompañando espectaculares imágenes de tu proyecto en atardeceres dramáticos con gente felicísima, como bien dijo aquel).

Es fácil: tomas sin demasiada reflexión un elemento propio del lugar al que te diriges, lo explotas hasta la caricatura dándole un giro modernérrimo, y te sientes más regionalista y más crítico que Kenneth Frampton.

Así, tenemos cientos de proyectos en el Lejano Oriente que se limitan a curvar ligeramente los aleros de una finísima cubierta volando sin apoyos sobre su obra. O proyectos en Oriente Medio que recubren su obra con celosías imposibles. A veces no sé cómo el posmodernismo es tan públicamente criticado, cuando todos caemos a menudo en ese populismo tan suyo.

“Ya no se hacen aleros como los de la dinastía Ming” [Imagen de Archdaily]

“Ya no se hacen aleros como los de la dinastía Ming” [Imagen de Archdaily]

Uno de los problemas que observo en esta corriente simplificación de la arquitectura popular es que no tiene en cuenta dos de los factores que, como bien se expresó en este magnífico artículo, mejor la definen: es el resultado de procesos comunitarios y es independiente de los sistemas globales.

La cubierta de aspecto pesado en China, o la enigmática celosía en Irán no son importantes por la forma que tienen, ni por el material de que están hechas, sino por las memorias que evocan en las personas que las observan, que las viven, que no serán las mismas que las de sus vecinos.

En muchas de nuestras sesudas reinterpretaciones olvidamos que lo importante no es la pureza de la idea, sino que la comunidad se sienta identificada con el resultado. Y esto puede ocurrir con un recorrido a través de un edificio, con un olor o un sonido, con un material, con una forma de la cubierta, o con una combinación extremadamente compleja de todo lo anterior. No creo, en todo caso, que un concurso internacional, en el que no hay ningún tipo de diálogo con la comunidad ni de participación de la ciudadanía, sea el ambiente más idóneo para tratar de presumir de renovar la tradición.

Y entonces es cuando dudo de lo que estoy haciendo en esta profesión. No lo diré muy alto por si alguien me ha leído hasta aquí. Dudo mucho. Tengo el gran miedo de caer en esa frivolidad, de separarme de la realidad. De entrar en ese círculo de prácticas que ni siquiera se dan cuenta de lo absurdo de sus planteamientos, porque no se paran a pensar si todo el circo retórico que montan es necesario.

 

Redación: Javier Lamsfus / Edición: Ana Asensio / Fotografía: fuente en el pie de foto / Escrito originalmente para AAAA magazine / Fecha: may 2016

 

 

El Mundo Becario

Compartimos en AAAA nuestro texto escrito para la Fundación Arquia. Accede a la publicación original aquí:

Screenshot de Google Imágenes al teclear la palabra 'becario'.

Screenshot de Google Imágenes al teclear la palabra ‘becario’.

Traigo un tema peliagudo. Se han escrito ríos de tinta sobre los becarios, practicantes, estudiantes con pasantías, etc. El caso es que, lejos de cambiar la situación, cada vez las maneras de maquillarlo son más originales, y afectan tanto a alumnos como a titulados.

Ha habido por ejemplo mucha polémica por los emails filtrados de megafirmas de arquitectura (como Sanaa) que, viralizados, han levantado ampollas además de causar algún derramamiento de bilis en las RRSS. Pero por favor, no nos engañemos: el más pequeño e indefenso estudio de arquitectura utiliza el recurso ‘becario’.

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Antonio Jiménez Torrecillas (1962 – 2015) / Arquine

A un mes de su pérdida, recordamos de nuevo al arquitecto granadino, a través de este homenaje en forma de artículo, escrito para Arquine [accede a la publicación original aquí]

Era Marzo, primer año de carrera y un amigo mío y yo decidimos saltarnos la sesión de proyectos para asistir a una clase de la que nuestros compañeros hablaban emocionados. Allí estaba él, una figura alta y enjuta atendía a las exposiciones de los alumnos sobre un proyecto de un cubo de 3x3x3m. Esta figura abría los ojos como platos ante los tímidos atisbos creativos que aparecían en estos cubos. Él, con la maestría de un labriego separaba la paja del grano a través de la ilusión, que transmitía con unos discursos que, aunque todavía no entendíamos muy bien, facilitaban la inmersión en la doctrina de la arquitectura. Cuatro años después, pese a que la enfermedad ya lo estaba atacando, la pasión que transmitía en sus clases seguía impoluta.

interior de la muralla nazarí ©Juan José Tenorio Feixas

interior de la muralla nazarí ©Juan José Tenorio Feixas

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¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario!

A los arquitectos (permitidme que me incluya a pesar de no haber acabado aún la carrera) nos duele la boca de decir lo necesarios que somos en la vida de los demás. Lo importante que es que la sociedad tome conciencia de que acudir a un arquitecto para pensar su vivienda es igual de necesario que acudir a un médico para pensar su tratamiento. Pero hagámonos un favor: dejemos la manida metáfora infantil del médico y empecemos a debatir las causas reales de este desprestigio social del que nos quejamos sin parar, y que hace daño tanto a nuestra profesión como a la sociedad en general.

En un artículo recientemente publicado en el blog de la Fundación Arquia, el arquitecto Campo Baeza expresa sus quejas por este menosprecio a nuestra profesión. Si bien estoy de acuerdo con su punto de partida, la manera de enfocarlo y la respuesta que ofrece me han provocado un rechazo profundo. [Nota de los editores: Recomendamos la lectura del artículo citado, junto a esta publicación]

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Un ciudadano anónimo muestra su pasión por el maestro Campo Baeza

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