IFAC: a romance between art and architecture.

© Ana Asensio Rodríguez #IFAC2015

© Ana Asensio Rodríguez #IFAC2015

Article originally written in Spanish for ArchDaily en EspañolAna Asensio Rodríguez shares (now in Archdaily International) her experience at the 2015 edition of  IFAC, reflecting on the powerful intersection of art and architecture, and the collective nature of the event:  

Sometimes you get to meet people who fill you with energy and electricity — fleeting, intense crossroads full of shared views and beautiful ideas. Spontaneous connections, which however tiny, will remain with you for a very long time.

Sometimes, these crossroads are not between people, but between arts, crafts, talents and experiences. Among these intersections is the inevitable attraction between art and architecture: explosive collages, a romance drunk with imagination. And, on very few occasions these two types of crossroads occur at the same time. And in those moments you can only hope that it will happen again.

It’s called IFAC, the International Festival of Art and Construction. It is a 10-day long celebration that brings together more than 300 people from all over the world – creatively restless individuals, who meet somewhere in the European countryside. I felt immeasurably lucky to be one of those 300 people, and so I wanted to share how fascinating IFAC is from the inside.

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Un idilio entre el arte y la arquitectura: el IFAC

© Ana Asensio Rodríguez #IFAC2015

© Ana Asensio Rodríguez #IFAC2015

Hay encuentros entre personas que te llenan de electricidad. Cruces de caminos breves e intensos, cargados de magnetismo, de pensamientos compartidos, y de ideas bellas. Pequeñas conexiones inesperadas, fugaces, con fecha de caducidad, y que sin embargo quedan mucho tiempo en la memoria.

A veces, los cruces de caminos no se dan entre personas, sino entre artes, oficios, habilidades, experiencias. La inevitable atracción entre el arte y la arquitectura es una de ellas. Misceláneas explosivas, romances borrachos de imaginación.

Y, muy pocas veces, ocurren ambas cosas a la vez. Y, entonces, sólo puedes esperar a que vuelva a suceder.

Se llama IFAC, y es el International Festival of Art and Construction. Esta celebración de diez días reúne cada año a más de 300 personas de todo el planeta en algún área rural del mapa europeo: almas inquietas, llenas de libertad creativa. He tenido la infinita suerte de ser una de esas 300, y por eso quiero contar cómo es IFAC, desde su apasionante interior.

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Y comprarse un edificio en Nueva York

George Maciunas en 1968, dibujo © Nuria Prieto, 2015.

George Maciunas en 1968, dibujo © Nuria Prieto, 2015.

No lo es, no es fácil apenas intentar crear algo hoy en día. Comenzar una actividad creativa obliga  a hacer adulteces (1) como decía Mafalda, llegando a olvidar a veces la esencia de qué hacer y por qué hacer. Tomando perspectiva y olvidando por un momento las adulteces a las que todos tenemos que responder, la idea de realizar un trabajo creativo es una iniciativa que muchas veces se ve truncada por la ausencia de medios, de un espacio, o de un canal de difusión. En el mundo actual, mediatizado y competitivo, apenas se distingue una buena idea de una que hace mucho ruido. Nuestro hábitat, nuestro tejido urbano, nuestra ciudad, es ese mundo en que las ideas surgen como pequeñas chispas.

La ciudad, sin embargo, es un tejido difuso. En los muchos intentos por analizarla, sistematizarla y descomponerla, las interacciones que se producen entre los diferentes parámetros de análisis recrean tantas relaciones y enlaces que no es posible tener un modelo limpio y aislado. Es una constelación tintineante y multicolor en la que pueden apreciarse dinámicas que ni siquiera son constantes en el tiempo.  Contemplando esta abstracción de ciudad, quizás es más bonito ver las luces, pero hay zonas apagadas, oscuras, que no siempre lo fueron.  Como escribía Rafael Alberti: “Dio su revés la luz. Y nació el negro” (2).

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‘Matadero’ es magia

© Ana Ferré Humanes

© Ana Ferré Humanes

Sin proponérmelo, acabo volviendo al Matadero de Madrid cada poco tiempo. Es un espacio tan tranquilo y agradable que parece imposible que durante la mayor parte del siglo XX fuera un lugar donde mataban animales.

Aunque actualmente esté (lo que podríamos considerar) cerca del centro, cuando se empezó a construir el matadero de Luis Bellido a principios del siglo XX, estaba alejado de la capital. Con el tiempo fue siendo absorbido por la ciudad y ampliado con la Casa del Reloj y el Mercado Central de Frutas y Hortalizas. Cuando las instalaciones empezaron a quedarse obsoletas, en la segunda mitad del siglo XX, mutaron los usos de ciertas zonas: se transformó la Casa del Reloj en sede administrativa y una de las naves en espacio para actividades socioculturales; además, algunos establos pasaron a ser sede del Ballet Nacional de España y de la Compañía Nacional de Danza. Curiosamente, las actividades de ballet y de danza han seguido funcionando hasta hoy, aunque en 1996 se cerrara definitivamente el espacio dedicado a matadero. Por fin, el conjunto de edificios se calificó como bien catalogado en el último Plan General de Ordenación Urbana de Madrid.

Un grupo de edificios tan palpitante no podía quedar cerrado o como un simple objeto que admirar. El Matadero volvió así a abrir al público en 2007 con el primer espacio del conjunto destinado a actividades culturales. Desde entonces, afortunadamente, se han ido reconvirtiendo espacios y naves paulatinamente, y aunque todavía quedan algunas zonas sin uso, ya está asentado como centro cultural alternativo.

El conjunto actúa como remate para Madrid Río por un lado y para el barrio de Legazpi por otro. Desde el parque, algo en sus ladrillos te llama a desviarte del camino: sigues tu instinto y vas encontrando edificios que te guían hacia la plaza central del Matadero.

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¿De dónde venimos? ¡De Manchester!

© Visual Resources Centre, Manchester Metropolitan University, School of Art16

[Artículo de Nathaly Mancilla]

“Siempre buscabas algo hermoso a
nivel subconsciente porque era todo
muy feo, no vi un árbol hasta los
nueve años”

Bernard Summer, teclista de Joy
División.

Durante los años setenta los habitantes de Manchester vieron como el paisaje que los rodeaba cambiaba vertiginosamente. Mientras de niños jugaban en calles surcadas por casas que se unían de lado a lado, al entrar en la adolescencia éstas fueron reemplazadas por escombros y construcciones de nuevos edificios, los patios de juego eran ahora cobertizos con adoquines.

© Visual Resources Centre, Manchester Metropolitan University, School of Art12

La vida post-industrial comenzaba poco a poco a hacerse presente. Para ese entonces, el centro histórico de la modernidad se había transformado en un lugar
sucio, viejo y maloliente. Un considerable aumento en el número de pobladores y la desigual repartición del progreso económico y tecnológico, trajeron como consecuencia que los grandes muros de ladrillo que fueron levantados para albergar a las nuevas fuerzas productivas que a fines del siglo XIX habían llegado (principalmente de la mano de la máquina a vapor y los procesos textiles del algodón), dieran paso a lo que muchos ingleses llaman “el cáncer del concreto”.

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