Le voyage de l’architecte

Nous partageons avec vous le nouvel article écrit pour la Fundación Caja de Arquitectos, « Le voyage de l’architecte », dont vous pouvez lire la version originale ici.

Il est 6 heures du matin. Je suis dans un train, en train de regarder mon propre reflet dans la vitre à travers la nuit. Je suis dans un train, cependant je ne voyage pas. C’est seulement un déplacement. Voyager est un état d’esprit.

© Ana Asensio Rodríguez

© Ana Asensio Rodríguez

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Las piedras de Ryoan-Ji

Gasto mi tiempo en recordar  su vulgaridad, su insultante simplicidad, y la forma de organizar el mundo desde su estática y su firme convicción de revolución verde y callada. Ese desprecio altivo y pétreo de quien controla la inmensidad y sobre todo del que sabe que está en su lugar en el mundo. También me acuerdo de cómo aquel día llegué allí, con Gian, desde Ninna-Ji y de cómo no escribí nada más hasta el día siguiente, porque sencillamente, no podía verbalizar lo que encontré.

Sé que aquel día me preocupé, no sólo porque amenazaba lluvia, como todos los días de aquel viaje. Sé que los yenes tintineaban al caer de mi mano al plato, como lo hacían todas las monedas del mundo desde las manos de millones de personas, una música sin dimensión, con su propia medida y su propia cadencia. Ése también era el sonido metálico que hacían los dragones, como aquella reverberación que oí al compás de unas maderas en Kamakura, pero en Ryoan-ji, como en muchos sitios de Kyoto, la lúbrica idiosincrasia del dinero no tenía cabida más allá del ticket de entrada.

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El cobijo. El mercado, la calle, el descampado.

© Ana Asensio Rodríguez

© Ana Asensio Rodríguez

Viajo. Sola. Muy lejos de casa. Sin nada más que unos cuantos trapos. No salgas del centro, me dicen.  No te metas en barrios, me advierten. No vayas por calles alejadas, tú no eres de aquí.

Es necesario visitar los mercados turísticos. Pasear por sus puestos repletos de cosas maravillosas, brillantes, perfectas. Moverte por ellas preguntando precios, conteniéndote, ajustando el bolsillo. Andar por sus abarrotadas callejuelas admirando a esos turistas rubios que hablan todos los idiomas, que pueden comprarlo todo, que nunca están sucios ni despeinados.

Es necesario, porque llega un día en que, sin prisa, rumbo ni destino (ni compañía), sales a caminar con cualquier autoexcusa, y acabas muy lejos de ahí. Ese día resulta ser un sábado como hoy, día de feria (mercadilllo en nuestro vocabulario). De repente, doblas una esquina y las calles empiezan a estar más y más abarrotadas, las aceras se ocupan y los olores se mezclan.

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La ciudad sin nombre

© Daniel Natoli - Edificaciones improvisadas. Tomada con una Diana F+ con un acople trasero para Polaroid.

© Daniel Natoli – Edificaciones improvisadas. Tomada con una Diana F+ con un acople trasero para Polaroid.

La ciudad sin nombre es aquella que surge en los márgenes de la globalidad, en los suburbios de las grandes capitales expoliadas, en las naciones productivas, en los pueblos que exportan a precio irrisorio y que, por el contrario, importan demasiado poco.

La ciudad sin nombre se compone de casas a medio construir que se extienden hasta donde alcanza la vista; llanuras y lomas atiborradas de edificaciones improvisadas, a menudo de bloques de hormigón, ladrillos o adobe, que echan en falta algún tipo de decoro en su fachada que revista sus carencias. Son viviendas desnudas, tan transparentes como los rostros de quienes las habitan, tan austeras como la propia comida que allá dentro se cocina.

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101 Reikiavik, Patrimonio de la Humanidad

“Al llegar a Islandia, nos encontramos con una visión que, si bien no era agradable, resultaba extraña y sorprendente. Y nuestros ojos, acostumbrados a contemplar las agradables costas de Inglaterra, ahora sólo veían los vestigios de la acción del fuego, cuya antigüedad sólo Dios conoce”. (Van Troil, recopilado por W. H. Auden en “Cartas de Islandia”)

A propósito de Islandia: 101 Reikiavik

En un tiempo en que el debate urbanístico y arquitectónico se centra fuertemente en las grandes ciudades, tal vez parezca extravagante fijar la atención en un ejemplo tan modesto y de escala tan pequeña como Reikiavik.

©Jose Miguel Gómez Acosta

©Jose Miguel Gómez Acosta

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