Arquitecturas en papel / Empezó el castillo a hacerse visible, con luz propia

El peón caminero regresó a su casa y pronto se halló ante la fuente, abriéndose paso entre las flacas reses que habían sido llevadas a beber y murmuró algo a los aldeanos.

Cuando éstos hubieron comido su pobre cena, no se marcharon a la cama como de costumbre, sino que salieron a las puertas de sus casas y se quedaron allí. Todos hablaban en voz baja y todos miraban ansiosos en la misma dirección. El señor Gabelle, el primer funcionario de la localidad, sintió cierta inquietud; se subió él solo al tejado y miró en la misma dirección que los demás. Luego bajó los ojos para contemplar los sombríos rostros de los aldeanos y mandó aviso al sacristán, que guardaba las llaves de la iglesia, acerca de la posibilidad de que aquella noche fuese necesario tocar a rebato.

Cerró la noche. Los árboles que rodeaban el viejo castillo se balanceaban a impulsos del viento, como si amenazaran a la maciza construcción. Batía la lluvia las dos escalinatas que conducían a la terraza y algunas ráfagas de viento penetraban en el castillo, fingiendo quejumbrosos gritos y moviendo las cortinas de la habitación en que durmiera el marqués. De los cuatro puntos cardinales avanzaban cuatro desgreñadas figuras hollando la hierba y haciendo crujir las ramitas, en dirección al patio del castillo. Brillaron luego cuatro luces, se movieron en direcciones diferentes y todo quedó nuevamente obscuro. Pero no por mucho tiempo, porque pronto empezó el castillo a hacerse visible, con luz propia, como si se hiciera luminoso. Se elevó luego una llamarada por detrás de la fachada, apareciendo en los sitios abiertos de la misma y en breve, por todos los huecos de la construcción, empezaron a salir llamas.

 

Fragmento de Historia de dos ciudades (1859), de Charles Dickens / Seleccionado por AAAA magazine / 

Arquitecturas en papel / No debía subsistir largo tiempo

Los troyanos asaltan con éxito la muralla y el foso del campamento aqueo. Héctor, con una gran piedra, derriba la puerta de entrada al campamento y abre una vía de acceso a sus tropas.

En tanto que el fuerte hijo de Menecio curaba, dentro de la tienda, a Eurípilo herido, acometíanse confusamente argivos y troyanos. Ya no había de contener a éstos ni el foso ni el ancho muro que al borde del mismo construyeron los dánaos, sin ofrecer a los dioses hecatombes perfectas, para que los defendiera a ellos y las veleras naves y el mucho botín que dentro se guardaba. Levantado el muro contra la voluntad de los inmortales dioses, no debía subsistir largo tiempo.

Mientras vivió Héctor, estuvo Aquiles irritado y la ciudad del rey Príamo no fue expugnada, la gran muralla de los aqueos se mantuvo firme. Pero, cuando hubieron muerto los más valientes troyanos, de los argivos unos perecieron y otros se salvaron, la ciudad de Príamo fue destruida en el décimo año, y los argivos se embarcaron para regresar a su patria; Posidón y Apolo decidieron arruinar el muro con la fuerza de los ríos que corren de los montes ideos al mar: el Reso, el Heptáporo, el Careso, el Rodio, el Gránico, el Esepo, el divino Escamandro y el Simoente, en cuya ribera cayeron al polvo muchos cascos, escudos de boyuno cuero y la generación de los hombres semidioses. Febo Apolo desvió el curso de todos estos ríos y dirigió sus corrientes a la muralla por espacio de nueve días, y Zeus no cesó de llover para que más presto se sumergiese en el mar. Iba al frente de aquellos el mismo Posidón, que bate la tierra, con el tridente en la mano, y tiró a las olas todos los cimientos de troncos y piedras que con tanta fatiga echaron los aqueos, arrasó la orilla del Helesponto, de rápida corriente, enarenó la gran playa en que estuvo el destruido muro y volvió los ríos a los cauces por donde discurrían sus cristalinas aguas.

 

Fragmento de la Ilíada (CANTO XII, Combate en la muralla), de Homero / Seleccionado por AAAA magazine / 

Arquitecturas en papel / Perdiéndose en la lejanía

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Un balcón estrecho extendíase a todo lo largo del cuarto. Pero aquello que en la ciudad natal de Karl hubiese sido el más alto de los miradores, aquí permitía tan sólo una visión que abarcaba apenas una calle —una calle que corría rectilínea y por eso como en una especie de fuga, entre dos hileras de casas verdaderamente cortadas a plomo— perdiéndose en la lejanía, donde entre espesa bruma se elevaban gigantescas las formas de una catedral. Y por la mañana y por la noche y en los sueños nocturnos se agitaba esta calle con un tráfago siempre apresurado que, visto desde arriba, aparecía como una confusa mezcla en la que se hubieran esparcido comienzos siempre nuevos de figuras humanas desdibujadas y de techos de vehículos de toda clase; y desde allí elevábase otra capa más de la confusa mezcla, nueva, multiplicada, más salvaje, formada de ruido, polvo y olores, y todo esto era recogido y penetrado por una luz poderosa dispersada continuamente por la cantidad de los objetos, llevada lejos por ellos y otra vez celosamente aportada, y que para el ojo embelesado cobraba una corporeidad intensa, como si a cada instante, en repeticiones sin fin, estrellase alguien con toda fuerza, sobre esta calle, una plancha de vidrio que cubriera las cosas todas.

Fragmento de la novela póstuma “América” (1927) de Franz Kafka / Seleccionado por AAAA magazine / Portada de la edición de Emecé Editores, Buenos Aires, 1961, colección Piragua

Arquitecturas en papel / Quienes habitan en torres de marfil

“Son las tres de la mañana y la noche abrasa como la correa en el cuello del inocente. Las paredes de mi casa están enlucidas de libros: no protegen o tupen, sino que desbrozan, desatrincheran el espacio, te arrastran a campo abierto. Leer es tomar partido: la neutralidad es la mayor mentira inventada por los acaudalados, una prestigiosa manera de respaldar al mal. La indiferencia es un crimen de lesa humanidad. Sobrevolar los problemas del planeta es minar sus soluciones: quienes habitan en torres de marfil pagan su alquiler a los constructores de celdas. Quienes se desentienden de la realidad la sancionan. Los libérrimos patinadores por lejanas constelaciones aleteando entre músicas y lienzos son la infantería de la iniquidad. El sistema los produce porque el sistema los requiere. Quienes viven en su mundo, viven contra el mundo”.

Fragmento de “19 de julio, 2010. Si el hombre pudiera decir, de Luis Cernuda (1902-1963)“, por Gonzalo Sanchez – Terán, publicado en la revista digital Frontera D

Arquitecturas en papel / Una fortaleza inexpugnable

FÓRCIDA
Esos años quedó abandonado el valle rodeado de la sierra que se eleva al norte de Esparta dejando a la espalda el Taigeto, donde como arroyo vivaz baja hacia el Eurotas y luego por nuestro valle se ensancha entre las cañas y nutre a nuestros cisnes. Allí, en ese sereno valle entre montañas, una audaz estirpe se ha asentado llegando desde la noche cimbria y ha construido una fortaleza inexpugnable, desde el que a placer oprimen al país y a las gentes.
HELENA
¿Cómo pudieron hacerlo?, parece imposible.
FÓRCIDA
Tuvieron tiempo para ello, hace veinte años que están aquí.
[…]
HELENA
¿Qué aspecto tiene?
FÓRCIDA
Nada malo. A mí sí me gusta. Es un hombre despierto, valiente, de buenas proporciones corporales como pocos hay en Grecia; es un hombre lleno de sensatez. Se tilda a este pueblo de bárbaro, pero no creo que ninguno se comportara con tanta crueldad como lo hicieron algunos héroes que ante las puertas de Troya llegaron al canibalismo. Yo admiro su grandeza y confío en él. ¡Y su palacio!… ¡Tenéis que verlo con vuestros propios ojos! Es diferente de esa construcción tosca, que vuestros padres, cada cual por su lado, ciclópeos como cíclopes, hicieron amontonando piedra sobre piedra. Por el contrario, allí todo es vertical u horizontal y regular. ¡Hay que verlo desde su exterior!: todo tiende en él hacia las alturas, hacia el cielo, es sólido y está bien trabado, brilla como el acero. Al intentar encaramarse en él, incluso el pensamiento resbala. Dentro hay varios patios muy amplios rodeados de obras de todas las clases y todos los fines posibles. Allí se ven columnas y arcos de mayor y menor tamaño, corredores y galerías que dan al exterior y al interior. También hay blasones.
CORO
¿Qué son blasones?
HELENA
Ayax llevaba ya la serpiente enroscada en su escudo como pudisteis ver vosotras. Los siete que fueron contra Tebas, llevaban ya signos en sus escudos llenos de significación: allí estaban la luna y las estrellas sobre el azul cielo de la noche, también la diosa, el héroe y las escaleras de asalto, las espadas, las antorchas y todo aquello que amenaza a la ciudad. Nuestros héroes llevan esas pinturas de refulgentes colores desde tiempos antiguos. Allí veréis leones, águilas y también garras y picos, después veréis cuernos de búfalo, alas, rosas, colas de pavo real, incluso franjas doradas y negras, y de plata, azur y rojo. Blasones de ese tipo cuelgan dispuestos en filas ordenadas, dentro de salas de tamaño ilimitado, tan grandes como el mundo. ¡Allí sí que podríais bailar!

 

Goethe_Faust_I_1808

Fragmento de “Fausto” (1808) de Goethe, seleccionado por AAAA magazine