Publicado el fallo del concurso CaVA ARIZONA / Arquideas

Ya ha sido publicado el fallo del jurado del concurso internacional organizado por Arquideas, CANYON VIEW ACCOMMODATION (CaVA) ARIZONA. Cinco menciones honoríficas y tres premiados, elegidos tras haber estudiado detenidamente las 149 propuestas presentadas al concurso de 29 países diferentes y en dos fases de valoración, han generado una propuesta que aspira a ser un punto de parada obligatoria para el visitante del Gran Cañón del Colorado, un espacio de reunión y alojamiento que ofrezca al visitante una experiencia única en medio de un paraje tan reconocible como éste.

“Las propuestas premiadas representan en su conjunto los valores pretendidos en el concurso, acercándose al problema desde distintos enfoques muy meditados y llenos de talento”, explica el jurado tras el fallo.

Desde AAAA magazine, como partners de Arquideas y colaboradores del concurso, queremos compartir con vosotros el acta del jurado, y los distintos equipos y proyectos ganadores. Podéis acceder también a la información desde la web del concurso.

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Casas de marca

Ya están aquí, y mucho han tardado, las casas de marca. Hace unos meses paseaba por Torre del Mar, en Málaga (España), cuando me encontré el siguiente anuncio publicitario.

Peregrino e insultante para con sus potenciales clientes. Arquitectura que para comercializarse no promociona su calidad  ni cualidades, sino que el reclamo más apropiado es la marca de su autor (el cual da para varios textos, pero ese no es el tema). Es duro pensar que tras haberse hecho un estudio profesional de mercado se concluyera que lo mejor que se podía decir de estas casas para venderlas era quién las había hecho.

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Fotografía / IFAC 2016, The Legend

Note: Behind every myth there is a legend. This is the germ of the photographic project: Ifac 2016 The Legend, which is also an experimental methodology based on a ludic learning and photography as a way for exploring the environment. Visit it on its original web, or keep reading.

Nota: Detrás de cada mito hay una legenda. Éste es el germen del proyecto fotográfico Ifac 2016 The Legend, que sienta además una metodología experimental basada en el aprendizaje lúdico y en la fotografía como medio de exploración del entorno. Visítalo en su página original, o continúa leyendo.

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La ville sans nom

© Daniel Natoli - Edificaciones improvisadas. Tomada con una Diana F+ con un acople trasero para Polaroid.

©Daniel Natoli–Constructions improvisées, pris avec un Diana F+ avec un fixateur arrière pour Polaroïd.

La ville sans nom est celle qui surgit aux marges de la globalité, dans les banlieues des grandes capitales saccagées, dans les pays productifs, dans les villages qui exportent à prix dérisoire et qui, au contraire, importent beaucoup trop peu.

La ville sans nom se compose de maisons à moitié construites qui s’étendent à perte de vue ;de plaines et collines recouvertes de constructions improvisées, souvent en blocs de bétons, briques ou terre crue, où l’absence de quelconque décor sur leur façade reflète leur dénuement. Ce sont des logements nus, aussi transparents que les visages de ceux qui les habitent, aussi austères que la nourriture même qui s’y cuisine à l’intérieur.

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Arquitecturas en papel / Con alma

Reconocíase la torre del campanario de San Hilario desde muy lejos, inscribiendo su fisonomía inolvidable en un horizonte donde todavía no asomaba Combray; cuando en la semana de Resurrección, la veía mi padre, desde el tren que nos llevaba de París, corriendo por todos los surcos del cielo y haciendo girar en todas direcciones su veleta, que era un gallo de hierro, nos decía: «Vamos, coged las mantas, que ya hemos llegado». Y en uno de los grandes paseos que dábamos estando en Combray, había un sitio en que el estrecho camino iba a desembocar en una gran meseta cuyo horizonte cerrábalo la dentada línea de unos bosques, y por encima de ellos asomaba únicamente la fina punta de la torre de San Hilario, tan sutil, tan rosada, que parecía una raya hecha en el cielo con una uña, con la intención de dar a aquel paisaje, todo de naturaleza, una leve señal de arte, una única indicación humana. Cuando se acercaba uno y se veía el resto de la torre cuadrada y medio derruida, que menos alta que la del campanario, aun subsistía junto a ella, sorprendía ante todo el tono sombrío y rojizo de la piedra; en las brumosas mañanas de otoño, elevándose por encima del tormentoso color violeta de los viñedos, hubiérase dicho que era una ruina purpúrea, del color casi de la viña virgen.

Muchas veces, al pasar por la plaza, de vuelta del paseo, mi abuela me hacía pararme para contemplar el campanario. De las ventanas de la torre, colocadas de dos en dos, unas encima de otras, con esa justa y original proporción en las distancias que no sólo da belleza y dignidad a los rostros humanos, soltaba, dejaba caer a intervalos regulares bandadas de cuervos, que durante un instante daban vueltas chillando, como si las viejas piedras que los dejaban retozar sin verlos; al parecer, se hubieran tornado de pronto inhabitables, y exhalando un germen de agitación infinita los hubieran pegado y echado de allí. Y después de haber rayado en todas direcciones el terciopelo morado del aire, se calmaban de pronto y volvían a absorberse en la torre, que de nefasta se había convertido en propicia, y unos cuantos, plantados aquí y allá, parecían inmóviles, cuando estaban, quizá, atrapando a algún insecto en la punta de una torrecilla, lo mismo que gaviota quieta, inmóvil, con la inmovilidad del pescador, en la cresta de una ola. Sin saber muy bien porqué, mi abuela apreciaba en la torre de San Hilario esa falta de vulgaridad, de pretensión y de mezquindad que la inclinaba a querer y a considerar como ricos en benéfica influencia a la naturaleza siempre que la mano del hombre no la hubiera, como la de nuestro jardinero, empequeñecido. y a las obras geniales.

Indudablemente, la iglesia, vista por cualquier lado, se distinguía de los demás edificios en que tenía infusa como una especie de pensamiento; pero en su campanario es donde parecía tomar conciencia de sí misma y afirmar una existencia individual y responsable. La torre hablaba por ella. Creo que en la de Combray encontraba mi abuela la cualidad que más apreciaba en este mundo: la naturalidad y la distinción. Como no entendía de Arquitectura, decía: «Hijos míos, podéis reíros de mí; no será hermosa conforme a los cánones, pero me gusta mucho esa forma suya tan vieja y tan rara. Estoy convencida de que si tocara el piano tocaría con alma». Y, al mirarla, al seguir con la vista la suave tensión, la inclinación ferviente de sus declives, de sus pendientes de piedra, que conforme se alzaban iban acercándose como se juntan las manos para rezar, uníase tan bien a la efusión de la aguja, que su mirada se lanzaba hacia arriba con ella; y, al mismo tiempo, sonreía bondadósamente a las viejas piedras gastadas, que ya sólo en el remate alumbraba el poniente, y que desde el momento en que entraban en esa zona soleada, suavizadas por la luz, parecían subir mucho más arriba, ir más lejos, como un canto atacado en voz de falsete, una octava más alto.

 

Fragmento de En busca del tiempo perdido (1913), de Marcel Proust / Seleccionado por AAAA magazine /