Somos muchos, sí

Compartimos en AAAA el texto escrito para la Fundación Arquia. Accede a la publicación original aquí:

© Ana Asensio Rodríguez

© Ana Asensio Rodríguez

Somos muchos, sí.

Sólo en España hay (censados) 47.098 arquitectos. A ellos hay que sumarle a todos los que se han formado en nuestra tierra y ahora exploran tierras desconocidas. Haciendo números gordos, podemos resumir en que somos más de 50.000 arquitectos españoles. Esta cifra, vista desde una óptica positiva y no alarmista, puede tener lecturas interesantes, casi revolucionarias.

Cuando una profesión alcanza unos números tales debe saber dos cosas: que tiene que estar muy bien organizada, y que suyas son las decisiones sobre la profesión. ¿Se organizan bien los arquitectos en España? Y, mirando más allá de nuestras pequeñas fronteras… ¿hay una organización internacional eficaz, práctica y oficial?

Retomemos esta reflexión por donde comenzó: las cifras. Hablamos siempre de arquitectos; los que ejercen, los que no, y los que están por ejercer (estudiantes). A estos últimos se les mira desde la posterioridad, “en el futuro serán arquitectos”. Pero somos arquitectos desde que ponemos el primer pie en la escuela. Somos arquitectos sin todos los conocimientos, capacidades y competencias para ejercer. Pero igual de creativos, de activos, de propositivos. De hecho, ocupamos todos esos intersticios que deja la falta de “título habilitante”.

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El discurso de la arquitectura y el arquitecto adorado / Luis Barragán

En muchas ocasiones durante los años universitarios, nos preguntan por nuestro arquitecto predilecto. Durante muchos años me sentí algo frustrada, o tal vez extraña, porque en esas largas clases de Historia y Composición donde seguían insistiendo en el Movimiento Moderno, yo no encontraba ningún maestro que realmente me transmitiese su arquitectura con naturalidad.

Empecé a creer que no se debía recordar al arquitecto, sino a su obra. Me ayudó a convencerme de esta idea el hecho de que mi mala memoria mezcle siempre unos nombres con otros apellidos, los principios de unas palabras con los finales de otras, y demás dislexias que te impiden recitar frases de revistas como si fueran tuyas propias, como hacen otras personas.

De repente, aún bastante niña, apareció ante mi una obra de cuyo autor no me pude olvidar, ni cambiarle el país, ni confundirme en su trayectoria. Una obra que no sólo me hacía leerla desde mi propia subjetividad, como me ocurre normalmente, desde la improvisación que te da la observación y el análisis. Tenía ante mi una obra que realmente quería recitar como una poesía, tenía el nombre de un arquitecto que realmente quería tatuarme bajo la piel: Una arquitectura plenamente contemporánea, donde nada sobraba, donde nada faltaba. Una arquitectura viva, viviente, que bebía del pasado, pero que crecía como un árbol alimentado por un rico sustrato. Una arquitectura colorista, intimista, sensual, sensitiva, sencilla, voluptuosa. Tenía ante mi, a Luis Barragán.

Desde entonces y hasta ahora, hurgo en la vida privada de los arquitectos, estudiados en las escuelas, o no, y trato de mirar su arquitectura a través de ellas. El discurso de su obra adquiere unos matices de cercanía y realidad cuando se escucha a través de los sentimientos, y no las ideologías promulgadas por los libros de crítica arquitectónica. Sin alejarme de las enseñanzas de Barragán, os comparto a continuación un texto que leo de cuando en cuando, y en el que siempre encuentro una identificación mezclada con admiración: su Discurso de agradecimiento tras recibir el PRITZKER DE ARQUITECTURA.

Con este post, comenzamos una nueva sección, llamada “el Ejercicio de la Arquitectura”, donde iremos contando cositas y haciendo repaso de la vida y obra de numerosos profesionales, unos archiconocidos, y otros que deberían aparecer más en la enseñanza de la arquitectura:

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