Arte y arquitectura: Collages / Imanol Buisan

jun09

Usuario, diseñador, hijo, transeúnte, collagero, artista. Una miscelánea. Imanol buisán, de Barcelona, superpone en estratos las diferentes facetas personales, las varias capas profesionales y artísticas, las variopintas miradas al mundo, y compone, en un ejercicio de diseño que es casi un rediseño personal, un único elemento. El orden, y el caos, en unos fragmentos de papel.

“Quería ser químico y el blanco aséptico del laboratorio engulló mi futuro, construyendo un vórtice que trasladaba inquietudes hacia mil direcciones. Decidí viajar mientras estudiaba Publicidad y RRPP, me licencié mientras me buscaba a mí mismo, y tropecé con el diseño, que dinamitó el contenido en formas, para así jugar en esa línea entre diseño y arte, posicionándome siempre como diseñador”.

Imanol trabaja a día de hoy como diseñador, mientras combina sus inquietudes en otros proyectos. Realiza un collage diario, dentro del proyecto colaborativo “Los días contados”, participa en diversos fanzines, así como en trabajos de diseño experimental propios. Dentro de esta amalgama proyectual, donde el papel como materia prima está siempre presente, nos centramos hoy en su producción de collages, rítmica, diaria, que genera y destruye cada día.

Se trata de collages trabajados principalmente de forma manual, a cúter y tijera, sin renunciar esporádicamente a lo digital. Catálogos, revistas, enciclopedias, libros, todos ellos son desarticulados, para regenerarse luego en un elemento nuevo, con un mensaje escondido. En ellos, la fotografía, el dibujo, los elementos arquitectónicos, se entremezclan en un diálogo, casi una discusión, por el poder del protagonismo. Ya que en un collage una capa aplasta la siguiente, generando un sedimento, igual que lo hace la historia de la arquitectura.

Sin más, os dejamos con la conversación que hemos compartido desde AAAA magazine:

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Arte y Arquitectura: La Casa-Cuerpo / Ángela Rodríguez de Sherpahead

"Acurrucamiento activo". © Ángela Rodríguez Gallego (Sherpahead)

“Acurrucamiento activo”. © Ángela Rodríguez Gallego (Sherpahead)

Una casa tiene paredes y ventanas. Se entra por una puerta, y se pisa el suelo para ir de un sitio a otro. La casa tiene techo, y puede tener tejado. Si tiene varias plantas tiene escaleras. Si es grande, con suerte, tiene una puerta trasera, que lleva a un jardín. La casa se apoya en el suelo, y la chimenea a la vez mira al cielo. El hogar tiene cortinas alegres, que bordó la más vieja de las mujeres. Tiene también una madreselva, que en primavera florece de miel. Al volver al hogar, notas su olor, entre horno, serrín y jazmín. Al olerlo, recuerdas dónde estás, en la casa, la tuya, la que te hace ser de aquí.

La casa la construyeron los primeros hombres, porque necesitaban pararse a vivir. Ya no podían seguir viajando, siempre por ahí. Hicieron un gran fuego, que fue el hogar, y alrededor de él las cañas, las maderas, y las pesadas piedras empezaron a levantar los muros. Los muros anclaron sus pies en el suelo, y sus habitantes nunca más se quisieron ir.

La casa como calidez de la pertenencia, como las raíces del árbol más grande del jardín. La casa es remanso, es quietud. La casa es almacén y acumulación. La casa parece ser el lugar para la estabilidad, para vestirla de ti, y vivir para siempre ahí. ¿Se pueden mirar esos muros y ventanas como algo mucho más efímero, temporal e intercambiable? ¿Podremos vivir, y sobrevivir, lejos de la casa, del lugar, de la raíz? Siendo nómada, ¿quién es ese ente extraño que es el hogar?

Ángela Rodríguez es una artista plástica malagueña, que siempre ha fantaseado con lugares lejanos y exóticos, llevándola a no pararse mucho tiempo en un mismo lugar. En sus 27 años, y desde que dejara el primer hogar para estudiar Bellas Artes en la Universidad de Granada, e Ilustración Creativa y Comunicación Visual en la Escuela de Arte y Diseño Eina de Barcelona, su maleta ha ido siempre con ella, a Francia, a Turquía, a Escocia, y a muchos sitios más que la esperan para vivir. En su último trabajo explora la Casa-Cuerpo, ese ente vivo y familiar, que nos rodea como una piel.

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