Arquitecturas en papel / Empezó el castillo a hacerse visible, con luz propia

El peón caminero regresó a su casa y pronto se halló ante la fuente, abriéndose paso entre las flacas reses que habían sido llevadas a beber y murmuró algo a los aldeanos.

Cuando éstos hubieron comido su pobre cena, no se marcharon a la cama como de costumbre, sino que salieron a las puertas de sus casas y se quedaron allí. Todos hablaban en voz baja y todos miraban ansiosos en la misma dirección. El señor Gabelle, el primer funcionario de la localidad, sintió cierta inquietud; se subió él solo al tejado y miró en la misma dirección que los demás. Luego bajó los ojos para contemplar los sombríos rostros de los aldeanos y mandó aviso al sacristán, que guardaba las llaves de la iglesia, acerca de la posibilidad de que aquella noche fuese necesario tocar a rebato.

Cerró la noche. Los árboles que rodeaban el viejo castillo se balanceaban a impulsos del viento, como si amenazaran a la maciza construcción. Batía la lluvia las dos escalinatas que conducían a la terraza y algunas ráfagas de viento penetraban en el castillo, fingiendo quejumbrosos gritos y moviendo las cortinas de la habitación en que durmiera el marqués. De los cuatro puntos cardinales avanzaban cuatro desgreñadas figuras hollando la hierba y haciendo crujir las ramitas, en dirección al patio del castillo. Brillaron luego cuatro luces, se movieron en direcciones diferentes y todo quedó nuevamente obscuro. Pero no por mucho tiempo, porque pronto empezó el castillo a hacerse visible, con luz propia, como si se hiciera luminoso. Se elevó luego una llamarada por detrás de la fachada, apareciendo en los sitios abiertos de la misma y en breve, por todos los huecos de la construcción, empezaron a salir llamas.

 

Fragmento de Historia de dos ciudades (1859), de Charles Dickens / Seleccionado por AAAA magazine / 

Poesía del Abandono / Castillo de Sagunto

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«Cuando se construye un edificio, es todavía libre de servidumbre, tiene un tipo de elevación espiritual – ninguna brizna de hierba puede crecer en su estela. Cuando es terminado y en servicio, se diría que quiere contarle la aventura de su construcción. Pero todas sus partes encerradas entonces en su servidumbre devuelven esta historia poca interesante. Cuando deja de utilizarse y cuando cae en ruinas, entonces reaparece la maravilla de sus comienzos: es bueno verlo enlazado por follaje, de nuevo elevado en espíritu y liberado de servidumbre». Louis I. Kahn, “Architecture: Silence and light”.

Las ruinas siempre han provocado una fascinación irracional sobre el hombre. Símbolos caídos, a veces, de la grandeza de civilizaciones desaparecidas, son lugares propicios al imaginario. ¿Quién de pequeño nunca ha soñado con explorar un castillo abandonado, construyéndose un mundo mental de aventuras?

Las ruinas, reencontradas por los arquitectos durante viajes iniciáticos, desempeñan un papel mayor, aún hoy, en la concepción del pensamiento moderno de la arquitectura. Le Corbusier viajó a Italia, y Kahn penetró en la esencia de la arquitectura observando las sombras de las pirámides. La arquitectura es una cosa mentale.

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La fortaleza

© Ana Asensio

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A veces, cuando en tu lejanía crujen las murallas y se abren fisuras en los adarves, y en mi castillo ambulante cae la guardia en un sueño inevitable, a veces, cada tres lunas, nos desnudamos al paisaje. Sin nada. Sin nadie. Para poder tocar la punta de los dedos, y construir en una palabra, un cifrado mensaje, un jardín interminable.

 

© Ana Asensio

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Texto: Ana Asensio Rodríguez / Fotografía: Ana Asensio Rodríguez / Fecha: 17 jul 2015