Cine / Futuro presente

No pienses. Pensar es el enemigo de la creatividad. El estar consciente y cualquier cosa con consciencia es pésima. No pueden intentar hacer cosas. Simplemente “debes” hacerlas.

Ray Bradbury

Todos pelados, rapados y/o unificados en un mismo look como reos en penitenciaría para evitar el destaque o identificación de algún recluso, porque acá somos todos iguales. Monocromáticos y homogéneos, llevan una especie de mameluco de compañía de limpieza pública, o un extravagante servicio de catering para fiestas. Ya lo destapaba Fritz Lang en Metropolis (1927), donde todos caminábamos al unísono, paso a paso y con el mismo gesto: el de la nada.

Son sólo imágenes. ¿Son sólo imágenes? Las que recibimos durante toda la vida, que indican desde siempre cómo deben ser las cosas. Los medios determinan los caminos a seguir, “ilustrándonos” qué está bien y qué está mal, cooperando a consolidar ese imaginario colectivo que no le es ajeno a nadie. El cine, por su parte, ha contribuido con numerosos casos que intentan diagramar nuestra forma de pensar: generación de ideologías, tendencias y principios. Un machaque incesante y adoctrinador.

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Arquitecturas en papel / Simetríadas

Fragmento de la cubierta de Solaris, edición de Minotauro, con la Ilustración de Julio Vivas y Óscar Chichoni.

Fragmento de la cubierta de Solaris, edición de Minotauro, con la Ilustración de Julio Vivas y Óscar Chichoni.

“El repertorio de las formaciones que se producen regularmente en la superficie del océano vivo, y que es posible observar por decenas, y hasta por centenas, en el curso de veinticuatro horas, ocupa trescientos capítulos de la obra de Giese. Las simetríadas —según la terminología de la escuela de Giese— son las formaciones menos “humanas”, y no tienen ninguna semejanza con cosas terrestres. En la época en que se emprendió el estudio de las simetríadas, se sabía ya que el océano no era agresivo y que esos torbellinos plasmáticos no devorarían a nadie que no fuese imprudente e irreflexivo en extremo (excluyendo, claro está, los accidentes mecánicos).

En efecto, se puede volar de lado a lado y sin mayor peligro por el cuerpo cilíndrico de los longus o la columna de las vertébrídas que se bambolean entre las nubes, pues en la atmósfera solarista el plasma se retira a la velocidad del sonido para dar paso al cuerpo extraño; túneles profundos se abren incluso bajo la superficie del océano (con un prodigioso consumo de energía: Skriabine la estima en 1019 ergos). No obstante, la exploración de las simetríadas se inició con mucha prudencia, evitando incursiones temerarias y multiplicando las precauciones —a menudo inútiles—. Todos los niños de la Tierra han oído hablar de estos pioneros que se aventuraron en los abismos de una simetríada.

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Arquitecturas en papel / La pared desafiaba la imaginación, la atraía y la derrotaba.

© Ana Asensio Rodríguez

© Ana Asensio Rodríguez

“El vehículo saltó hacia delante, justo por en medio del círculo luminoso, y Arthur tuvo súbitamente una idea bastante clara de lo que era el infinito. En realidad, no era el infinito. El infinito tiene un aspecto plano y sin interés. Si se mira al cielo nocturno, se atisba el infinito: la distancia es incomprensible y, por tanto, carece de sentido. La cámara en que emergió el aerodeslizador era cualquier cosa menos infinita; sólo era extraordinariamente grande, tanto que daba una impresión mucho más aproximada de infinito que el mismo infinito.

Arthur percibió que sus sentidos giraban y danzaban al viajar a la inmensa velocidad que, según sabía, alcanzaba el areodeslizador; ascendían lentamente por el aire dejando tras ellos la puerta por la que habían pasado como un alfilerazo en el débil resplandor de la pared.

La pared.

La pared desafiaba la imaginación, la atraía y la derrotaba. Era tan pasmosamente larga y alta, que su cima, fondo y costados se desvanecían más allá del alcance de la vista: sólo la impresión de vértigo que daba era capaz de matar a un hombre. Parecía absolutamente plana. Se hubiera necesitado el equipo de medición láser más perfecto para descubrir que, a medida que subía, hasta el infinito al parecer, a medida que caía vertiginosamente, y a medida que se extendía a cada lado, se iba haciendo curva. Volvía a encontrarse a sí misma a trece segundos-luz. En otras palabras, la pared formaba la parte interior de una esfera hueca con un diámetro de unos cuatro millones y medio de kilómetros y anegada de una luz increíble.

—Bienvenido —dijo Slartibarfast mientras la manchita diminuta que formaba el aerodeslizador, que ahora viajaba a tres veces la velocidad del sonido, avanzaba de manera imperceptible en el espacio sobrecogedor—, bienvenido a la planta de nuestra fábrica.”

 

Fragmento: ‘Guía del  autoestopista galáctico’, de Douglas Adams (1979) / Fotografía: Ana Asensio Rodríguez

Arquitecturas en papel / Sucesos extraordinarios, sencillos comienzos

[…] “La historia de aquel jueves terrible y estúpido, la narración de sus consecuencias extraordinarias y el relato de cómo tales consecuencias están indisolublemente entrelazadas con ese libro notable, comienza de manera muy sencilla.

Empieza con una casa.

Cuatro ventanas en Inglaterra  ©Ana Asensio

Cuatro ventanas en Inglaterra ©Ana Asensio

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