El parque temático Batlló

Hace unos meses viajé a Barcelona y como buen estudiante de arquitectura planeé la visita lo más intensa y barata posible, siendo esto último lo más difícil.

Me llevé la impresión de que la ciudad tiene una mayor inquietud hacia la cultura que la que conocí en otras ciudades. Y a su vez, una actividad turística desmesurada que pocas veces vi, la cual amenaza con devorar a la propia ciudad. Ambas realidades presentan tanta fuerza que se hace complicado compaginarlas adecuadamente.

Un buen ejemplo de dicha dualidad es la casa Batlló. Fue una sorpresa doble y dispar dadas mis ideas previas sobre la obra y su autor, Antoni Gaudí. Siempre vi la casa demasiado justificada por sus formas alegóricas y simbólicas, pero al visitarla quedé gratamente impactado. En primer lugar me sorprendió la maravilla de la fluidez de sus recorridos, su escala y esos micro-espacios dentro de otras estancias; los colores, el patio de luz y el trasero. El diseño llevado a todas las escalas desde las magníficas estructuras hasta los trabajos más artesanales. Mis prejuicios, alegremente, se vinieron abajo.

La otra sorpresa o decepción surge de la imagen que se ha configurado de Gaudí. Si portaba la idea de Gaudí como un arquitecto anecdótico, la que se muestra es muchísimo mayor. Funciona, en lo relativo a producir ingresos, pues el consumo que genera la casa es impactante.

Que la gestión de la casa Batlló está orientada principalmente a la recaudación queda más que demostrado incluso antes de entrar, al ver cómo está organizada la visita. Sorprenden en la taquilla los distintos tipos de entrada. Puedes elegir desde pagar 5 euros más para no hacer una cola que ellos provocan, hasta pagar 12 euros más por unas pantuflas con su logo y hacer la visita con ellas puestas. Sí, tan simple como eso. También tienes la opción de una visita teatralizada donde “el propio Gaudí” recorre y te explica la casa. Yo opté por la entrada más sencilla y disfruté de un irrisorio descuento para estudiantes de 3 euros sobre un precio de 22’5, con audioguía obligatoria.

Reconozco que dicha organización previa ya me puso nervioso, pero fue en el interior donde de verdad me enojé. Justo en la entrada dan unos cascos y un móvil con la aplicación-audioguía. El funcionamiento es sencillo, al entrar en cada estancia la pantalla del terminal muestra una foto esfera de la misma. Lo cual suena raro, ¿para qué quiero ver en un móvil una recreación 3D de lo que estoy viendo en directo? ¿Qué sentido tiene fijar mis ojos en un móvil en vez de en la casa? Sencillamente porque no puedes ver la habitación debido a la aglomeración de gente. En algún momento decidieron que si no había muebles podría entrar más gente y los quitaron. Así que para que puedas ver la propia casa en la que estás y su mobiliario tienes que moverte mirando la pantallita.
La escena carece de sentido, ir a Barcelona a la casa Batlló, estar dentro y acabar mirando un móvil.

Si por un momento te quitabas los cascos y observabas, la escena era desconcertante. Ver a docenas de personas en silencio, con una pantalla pegada a sus caras y pivotando sobre sí mismas para descubrir qué hay detrás de los demás visitantes.

Continuando con esta dinámica recorres la casa y llegas a la proyección de un vídeo explicativo de la fachada del edificio. Un vídeo que se proyecta sobre una maqueta blanca de la casa y que es una sucesión de las alusiones mitológicas que componen la fachada. Dicho vídeo termina con una batalla entre el dragón y San Jorge, para explicar la cubierta. La victoria se celebra con un despliegue de fuegos artificiales dignos de la introducción de las películas de Disney, para seguir añadiendo más bombo y platillo a la obra.

Esta casa es mucho más que eso, la arquitectura es mucho más que eso. A todas esas intenciones de Gaudí las acompaña un gran trabajo técnico y artesanal que armonizan a la perfección y carecen de sentido por separado. Gaudí fue un gran arquitecto que goza de una simpatía generalizada y su persona es una buena oportunidad para crear puentes entre la isla en la que vivimos los arquitectos y el resto de la sociedad. En vez de focalizarse la parte más rentable se debería transmitir completamente el valor arquitectónico de su obra.

Construir un parque temático y administrarlo como tal, al menos es coherente. Pero gestionar una obra de arquitectura de esta magnitud como un parque temático es un grave error, que daña tanto a su autor como a la arquitectura en general.

Aunque en la Casa Batlló fue especialmente palpable la focalización y distorsión de la imagen de Gaudí es una actividad que afecta a las obras más populares del arquitecto catalán en Barcelona.

Cultura y turismo son sectores que a menudo se solapan y es peligroso que el patrimonio cultural se gestione casi exclusivamente para generar dinero de los turistas. Barcelona empieza a venderse demasiado a sí misma y vende también su cultura. El ejemplo de Gaudí es uno más de los que se pueden encontrar. Hay que saber poner límites a los instrumentos generadores de dinero sobre todo cuando se basan en explotar el patrimonio universal, sea del tipo que sea.

 

Texto: Álvaro Gutiérrez / Edición: Ana Asensio / Fotografía: Álvaro Gutiérrez  / Escrito originalmente para AAAA Magazine /  Fecha 25  jul 2016

Y comprarse un edificio en Nueva York

George Maciunas en 1968, dibujo © Nuria Prieto, 2015.

George Maciunas en 1968, dibujo © Nuria Prieto, 2015.

No lo es, no es fácil apenas intentar crear algo hoy en día. Comenzar una actividad creativa obliga  a hacer adulteces (1) como decía Mafalda, llegando a olvidar a veces la esencia de qué hacer y por qué hacer. Tomando perspectiva y olvidando por un momento las adulteces a las que todos tenemos que responder, la idea de realizar un trabajo creativo es una iniciativa que muchas veces se ve truncada por la ausencia de medios, de un espacio, o de un canal de difusión. En el mundo actual, mediatizado y competitivo, apenas se distingue una buena idea de una que hace mucho ruido. Nuestro hábitat, nuestro tejido urbano, nuestra ciudad, es ese mundo en que las ideas surgen como pequeñas chispas.

La ciudad, sin embargo, es un tejido difuso. En los muchos intentos por analizarla, sistematizarla y descomponerla, las interacciones que se producen entre los diferentes parámetros de análisis recrean tantas relaciones y enlaces que no es posible tener un modelo limpio y aislado. Es una constelación tintineante y multicolor en la que pueden apreciarse dinámicas que ni siquiera son constantes en el tiempo.  Contemplando esta abstracción de ciudad, quizás es más bonito ver las luces, pero hay zonas apagadas, oscuras, que no siempre lo fueron.  Como escribía Rafael Alberti: “Dio su revés la luz. Y nació el negro” (2).

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Acciones visibles / Amor y arquitectura vol.3

[…] No me estoy refiriendo al amor entre dos personas, a besarse, dormir juntos y contraer matrimonio. Hablo del amor que se ha convertido en el único sentimiento que rige una vida. […] – Simplicissimus-Kalender, 1907 | Hermann Hesse –

De un modo general podemos entender como buena arquitectura aquella que sabe escuchar y dar respuesta de un modo adecuado y proporcionado a los distintos elementos que acotan nuestro plano de actuación [social, político, económico, urbano, físico y material] y que además nos emociona por la coherencia entre las múltiples relaciones que el propio proyecto establece.

Actualmente vivimos enredados y conectados de un modo completamente nuevo, aunque sorprendentemente estas redes y vínculos parecen estar limitados al espacio virtual, no produciéndose por desgracia una traducción física de esta actividad, a excepción de puntuales congresos, ferias y eventos de algún tipo. Cabría entonces esperar que la arquitectura de nuestro tiempo supiese alimentarse de esta capacidad que nos brindan las tecnologías para estar interconectados y definir sentimientos en torno a aspectos vertebrales de nuestra vida.

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