El cobijo. El mercado, la calle, el descampado.

© Ana Asensio Rodríguez

© Ana Asensio Rodríguez

Viajo. Sola. Muy lejos de casa. Sin nada más que unos cuantos trapos. No salgas del centro, me dicen.  No te metas en barrios, me advierten. No vayas por calles alejadas, tú no eres de aquí.

Es necesario visitar los mercados turísticos. Pasear por sus puestos repletos de cosas maravillosas, brillantes, perfectas. Moverte por ellas preguntando precios, conteniéndote, ajustando el bolsillo. Andar por sus abarrotadas callejuelas admirando a esos turistas rubios que hablan todos los idiomas, que pueden comprarlo todo, que nunca están sucios ni despeinados.

Es necesario, porque llega un día en que, sin prisa, rumbo ni destino (ni compañía), sales a caminar con cualquier autoexcusa, y acabas muy lejos de ahí. Ese día resulta ser un sábado como hoy, día de feria (mercadilllo en nuestro vocabulario). De repente, doblas una esquina y las calles empiezan a estar más y más abarrotadas, las aceras se ocupan y los olores se mezclan.

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Ya has estado en este hotel, aunque no has estado en esta ciudad

La historia suele comenzar introduciendo una tarjeta magnética blanca en el lector de una puerta.

Le sigue una luz roja, porque a la primera nunca sale verde.
Aun así, decides probar. Giras la manivela y nada.
Vuelves a meter la tarjeta blanca, esta vez con más paciencia.
Y ahora sí, luz verde.
Abres y entras.

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