Cine / Michael Mann y la arquitectura como herramienta narrativa

Por Pepe Soriano:

Los años ochenta fueron una década de excesos en el cine durante los cuales el apartado visual fue la niña de los ojos de la industria, eclipsando al resto del producto final, en lugar de potenciarlo. Sin embargo, un director supo manejar de forma sobria los clichés visuales del momento, como los montajes musicales o los filtros saturados, para usarlos como lienzo sobre los que escribir una historia: Michael Mann.

[Fotograma de “Ladrón” (1981)]

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Arquitecturas en papel / Edificios que crecen hasta lo desmesurado

En el ejemplo de esas construcciones fortificadas, siguió más o menos Austerlitz, levantándose de la mesa y echándose la mochila a la espalda, terminando las observaciones que había hecho en el Mercado de los Guantes, se podía ver cómo nosotros, a diferencia de las aves, que durante siglos construyen el mismo nido, tendíamos a proyectar nuestras empresas muy por delante de cualquier límite razonable.

Habría que hacer alguna vez, dijo aún, un catálogo de nuestras construcciones, en el que aparecieran por orden de tamaño, y entonces se comprendería enseguida que las que se situaban por debajo del tamaño normal de la arquitectura doméstica —las cabañas de campo, los refugios de ermitaño, la casita de vigilante de esclusas, el pabellón de hermosas pistas, el pabellón de los niños en el jardín—, eran las que nos ofrecían al menos un vislumbre de paz, mientras que de un edificio gigantesco como, por ejemplo, el Palacio de Justicia de Bruselas en la antigua colina del patíbulo, nadie que estuviera en su sano juicio podría afirmar que le gustase. En el mejor de los casos, se admiraba, y en esa admiración había ya una forma de espanto porque de algún modo sabíamos naturalmente que los edificios que crecen hasta lo desmesurado arrojan ya la sombra de su destrucción y han sido concebidos desde el principio con vistas a su existencia ulterior como ruinas.

Esas frases dichas por Austerlitz cuando casi se estaba yendo seguían estando en mi mente cuando, a la mañana siguiente, con la esperanza de que quizá volviera a aparecer, yo estaba sentado ante un café, en el mismo bistrot del Mercado de los Guantes en el que, la noche anterior, se había despedido sin más.

 

Fragmento de Austerlitz (2001), de W. G. Sebald / Seleccionado por AAAA magazine / 

¿Y si la arquitectura fuera un juego de piezas y formas?

Just Imagine (2012) Cartel Publicitario de The Lego Company

Just Imagine (2012) Cartel Publicitario de The Lego Company

Creo que es casi imposible escribir sobre el famoso juego de construcciones Lego sin llevar a nadie de vuelta a su infancia. ¿Quién no montado y desmontado cientos de veces estas populares piezas para construir un coche, una casa o un castillo? Pues bien, lejos del gran fenómeno de masas que ha supuesto esta compañía, encerrado en estas diminutas fichas de plástico existe el potencial oculto de convertir las ideas de los niños (o no tan niños) en una realidad construida con sus propias manos.

Según un estudio de la universidad de Copenhague, el número de combinaciones posibles utilizando solamente 6 piezas de 2×4 clásicas es de la friolera de 915.103.765, si a esto se añade que existen cerca de 15.000 tipos diferentes de piezas y 125 colores, las combinaciones posibles tienden prácticamente a infinito. Y es que Lego es eso: Un sistema con sus leyes, su métrica y su lenguaje propios. Y aquí viene la pregunta: ¿No podría decirse algo parecido de un proyecto de arquitectura?

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Tono y Espectáculos de Magia

Esquivel

Vista de Esquivel, proyecto de Alejandro de la Sota

“Nada hay tan difícil en nuestra labor de arquitectos como el conseguir la exacta ambientación de nuestros trabajos. En ocasiones debemos superarnos en conocimientos y profundidades; otras, puede llegar el caso, en sutilezas y frivolidades, se trata de ponerse a tono, vibrar con el tema. Si se quiere demostrar lo que uno sabe, nos enorgullece el trabajo, nos hincha como pavos, es una buena la llegada del arquitecto. Duro es cuando, para acertar, debemos precisamente olvidar todo, casi todo lo poco que sabemos. Conseguido, como ya nada sabemos, no queda otro remedio que empezar copiando, haciendo lo que vemos en aquellos que tomamos por maestros; el acierto está, pues, en la elección de ellos. Parece una paradoja esto de copiar para crear. Cuentan de Juan Sebastián Bach, el abuelo de toda la música, que con frecuencia al sentarse al órgano para componer empezaba tocando obras de Buxtehüde o Haendel…

Es Esquivel un intento de tomar como maestros a quienes siempre hicieron los pueblos, y que los hicieron por cierto de maravilla: los albañiles y maestros de obras pueblerinos […] Se buscó en todo el pueblo la sencillez, nuestro caballo de batalla, el hacer las cosas con una simplicidad absoluta; lo más nada posible con la menor ciencia”.

Memoria descriptiva del proyecto de Esquivel, Alejandro de la Sota (1952)

Buscando proyectos en pueblos de Andalucía me crucé con esta tremenda reflexión, la mejor definición de eso que llamamos “escala” o “tono”, la adaptación al modulor siendo el modulor el entorno. Muchas veces renegamos del espectáculo arquitectónico, del “llamar la atención”, (lo que básicamente sería el formalismo por el formalismo) pero hay ocasiones donde está justificado utilizarlo, hacer eso que de la Sota nombra como “demostrar lo que se sabe”.

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