¿Por qué la arqueología conservaría una fábrica?

En la mayoría de las ciudades nos encontramos con núcleos fabriles acosados por la vorágine constructiva. Esta situación ha hecho que surjan diferentes modos de tratar a estos espacios. Mientras que la solución más rápida y cómoda suele ser destruirlos, hay motivos como para considerar interesante conservarlos. Así, desde la arqueología nos preguntamos: ¿por qué conservaría una fábrica?

Las fábricas forman parte de nuestro patrimonio industrial, arquitectónico y también arqueológico, son parte del entorno construido que hemos heredado, parte de lo que somos. Puede resultar extraño que la arqueología se preocupe por este tipo de yacimientos de una cultura material tan cercana a nosotros. Sin embargo, existe una rama dentro de la misma dedicada a estudiar este tipo de patrimonio: la arqueología industrial.

Figura 1. Fábrica de Gas de Oviedo (Asturias).

Figura 1. Fábrica de Gas de Oviedo (Asturias).

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¿De dónde venimos? ¡De Manchester!

© Visual Resources Centre, Manchester Metropolitan University, School of Art16

[Artículo de Nathaly Mancilla]

“Siempre buscabas algo hermoso a
nivel subconsciente porque era todo
muy feo, no vi un árbol hasta los
nueve años”

Bernard Summer, teclista de Joy
División.

Durante los años setenta los habitantes de Manchester vieron como el paisaje que los rodeaba cambiaba vertiginosamente. Mientras de niños jugaban en calles surcadas por casas que se unían de lado a lado, al entrar en la adolescencia éstas fueron reemplazadas por escombros y construcciones de nuevos edificios, los patios de juego eran ahora cobertizos con adoquines.

© Visual Resources Centre, Manchester Metropolitan University, School of Art12

La vida post-industrial comenzaba poco a poco a hacerse presente. Para ese entonces, el centro histórico de la modernidad se había transformado en un lugar
sucio, viejo y maloliente. Un considerable aumento en el número de pobladores y la desigual repartición del progreso económico y tecnológico, trajeron como consecuencia que los grandes muros de ladrillo que fueron levantados para albergar a las nuevas fuerzas productivas que a fines del siglo XIX habían llegado (principalmente de la mano de la máquina a vapor y los procesos textiles del algodón), dieran paso a lo que muchos ingleses llaman “el cáncer del concreto”.

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