Cine / Futuro presente

No pienses. Pensar es el enemigo de la creatividad. El estar consciente y cualquier cosa con consciencia es pésima. No pueden intentar hacer cosas. Simplemente “debes” hacerlas.

Ray Bradbury

Todos pelados, rapados y/o unificados en un mismo look como reos en penitenciaría para evitar el destaque o identificación de algún recluso, porque acá somos todos iguales. Monocromáticos y homogéneos, llevan una especie de mameluco de compañía de limpieza pública, o un extravagante servicio de catering para fiestas. Ya lo destapaba Fritz Lang en Metropolis (1927), donde todos caminábamos al unísono, paso a paso y con el mismo gesto: el de la nada.

Son sólo imágenes. ¿Son sólo imágenes? Las que recibimos durante toda la vida, que indican desde siempre cómo deben ser las cosas. Los medios determinan los caminos a seguir, “ilustrándonos” qué está bien y qué está mal, cooperando a consolidar ese imaginario colectivo que no le es ajeno a nadie. El cine, por su parte, ha contribuido con numerosos casos que intentan diagramar nuestra forma de pensar: generación de ideologías, tendencias y principios. Un machaque incesante y adoctrinador.

Edgar Morin, sociólogo y filósofo francés que estudió a la comunidad por medio de la cinematografía, creó una teoría a partir de analogías en el séptimo arte. Dice que los medios inventan y generan proyecciones masivas, destinadas precisamente a las masas con el fin de que traguen sin masticar y acaten sin cuestionar. Esto lo logra mediante la reiteración interminable, hasta que llega el día que aceptamos esas imágenes como vienen y sin darnos cuenta. De aquí experimenta y desarrolla el concepto de imaginario colectivo: una sucesión de símbolos que se vuelven iconos (o no), formas, mitos y figuras que existen en una sociedad en un momento dado. Ocasionalmente estas formas o figuras son arquitecturas que dominan la escena.

Fotograma de Metropolis

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Arquitecturas en papel / Ministerios

1984

Fotograma de la adaptación al cine “1984”, UK (1956)

“A un kilómetro de distancia, el Ministerio de la Verdad, donde trabajaba Winston, se elevaba inmenso y blanco sobre el sombrío paisaje […]

El Ministerio de la Verdad —que en neolengua (la lengua oficial de Oceanía) se le llamaba el Minver— era diferente, hasta un extremo asombroso, de cualquier otro objeto que se presentara a la vista. Era una enorme estructura piramidal de cemento armado blanco y reluciente, que se elevaba, terraza tras terraza, a unos trescientos metros de altura. Desde donde Winston se hallaba, podían leerse, adheridas sobre su blanca fachada en letras de elegante forma, las tres consignas del Partido:

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

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