Arte y Arquitectura: Habana en Mediterráneo / Agnes Fong

'¿Qué hay detrás de la ventana?'. 70 x 50 cm Tinta, acuarela y grafito/ papel Caballo. © Agnes Fong

‘¿Qué hay detrás de la ventana?’. 70 x 50 cm Tinta, acuarela y grafito/ papel Caballo. © Agnes Fong

La ciudad caótica de semáforos y coches, o la ciudad pequeña con su desorden amable; la ciudad tuya, o la ajena; la ciudad de luz gris y coloridas casas, o luminosa de neutro blanco pintada. La ciudad es mezcla. De edades, de personas foráneas y autóctonas, de ideas, y formas de vivir. Pero finalmente la ciudad es una. Una sola. Las miradas sobre ella, ésas son las múltiples.

Mirar la ciudad en la que has nacido, y siempre has vivido. Mirar esa misma ciudad desde la lejanía y el recuerdo de las calles que ya no son tu cobijo. Mirar la ciudad nueva, la de los sueños alcanzados, la vida que recién comienza de nuevo. La ciudad a la que huyes. La ciudad de la que escapas. La que te abraza.

¿Cómo conocer a esa escurridiza dama? Misteriosa, tiene múltiples caras, cambia de máscara cada vez que la crees conocer, cada día que pasa, cada año que te atrapa. Cómo desentrañar sus transformaciones, sus rechazos, sus fracasos, sus nacimientos.

“Dibujar la ciudad, el entorno del hombre, una forma de entendimiento.
Escribir al hombre, una estrategia para dibujarlo”. [Agnes Fong] 

Entre la poesía y el dibujo, la obra de Agnes Fong delinea las idas y venidas humanas, las diferentes personas reflejadas en esa miscelánea ciudad. Cada casa podría ser una persona (su vida, sus viajes, sus antepasados), y cada calle podría ser un destino emprendido, o una ruta a explorar.

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Arte y Arquitectura: La Casa-Cuerpo / Ángela Rodríguez de Sherpahead

"Acurrucamiento activo". © Ángela Rodríguez Gallego (Sherpahead)

“Acurrucamiento activo”. © Ángela Rodríguez Gallego (Sherpahead)

Una casa tiene paredes y ventanas. Se entra por una puerta, y se pisa el suelo para ir de un sitio a otro. La casa tiene techo, y puede tener tejado. Si tiene varias plantas tiene escaleras. Si es grande, con suerte, tiene una puerta trasera, que lleva a un jardín. La casa se apoya en el suelo, y la chimenea a la vez mira al cielo. El hogar tiene cortinas alegres, que bordó la más vieja de las mujeres. Tiene también una madreselva, que en primavera florece de miel. Al volver al hogar, notas su olor, entre horno, serrín y jazmín. Al olerlo, recuerdas dónde estás, en la casa, la tuya, la que te hace ser de aquí.

La casa la construyeron los primeros hombres, porque necesitaban pararse a vivir. Ya no podían seguir viajando, siempre por ahí. Hicieron un gran fuego, que fue el hogar, y alrededor de él las cañas, las maderas, y las pesadas piedras empezaron a levantar los muros. Los muros anclaron sus pies en el suelo, y sus habitantes nunca más se quisieron ir.

La casa como calidez de la pertenencia, como las raíces del árbol más grande del jardín. La casa es remanso, es quietud. La casa es almacén y acumulación. La casa parece ser el lugar para la estabilidad, para vestirla de ti, y vivir para siempre ahí. ¿Se pueden mirar esos muros y ventanas como algo mucho más efímero, temporal e intercambiable? ¿Podremos vivir, y sobrevivir, lejos de la casa, del lugar, de la raíz? Siendo nómada, ¿quién es ese ente extraño que es el hogar?

Ángela Rodríguez es una artista plástica malagueña, que siempre ha fantaseado con lugares lejanos y exóticos, llevándola a no pararse mucho tiempo en un mismo lugar. En sus 27 años, y desde que dejara el primer hogar para estudiar Bellas Artes en la Universidad de Granada, e Ilustración Creativa y Comunicación Visual en la Escuela de Arte y Diseño Eina de Barcelona, su maleta ha ido siempre con ella, a Francia, a Turquía, a Escocia, y a muchos sitios más que la esperan para vivir. En su último trabajo explora la Casa-Cuerpo, ese ente vivo y familiar, que nos rodea como una piel.

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