¿Y si la arquitectura fuera un juego de piezas y formas?

Just Imagine (2012) Cartel Publicitario de The Lego Company

Just Imagine (2012) Cartel Publicitario de The Lego Company

Creo que es casi imposible escribir sobre el famoso juego de construcciones Lego sin llevar a nadie de vuelta a su infancia. ¿Quién no montado y desmontado cientos de veces estas populares piezas para construir un coche, una casa o un castillo? Pues bien, lejos del gran fenómeno de masas que ha supuesto esta compañía, encerrado en estas diminutas fichas de plástico existe el potencial oculto de convertir las ideas de los niños (o no tan niños) en una realidad construida con sus propias manos.

Según un estudio de la universidad de Copenhague, el número de combinaciones posibles utilizando solamente 6 piezas de 2×4 clásicas es de la friolera de 915.103.765, si a esto se añade que existen cerca de 15.000 tipos diferentes de piezas y 125 colores, las combinaciones posibles tienden prácticamente a infinito. Y es que Lego es eso: Un sistema con sus leyes, su métrica y su lenguaje propios. Y aquí viene la pregunta: ¿No podría decirse algo parecido de un proyecto de arquitectura?

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Esto no es un artículo de arquitectura.

Esto no es un artículo de arquitectura. Ni siquiera es un artículo. No es una crítica, ni un ensayo, ni ningún texto divulgativo. No es más que una carta de amor, tristemente, sin destinatario.

Es una carta de amor a quien me enseñó a mirar el mundo desde la ventanilla de una furgoneta, recorriendo países hasta donde el bolsillo llegara. Una carta a quien escribía poesías y canciones en papeles de cuadros, con una caligrafía que ahora se parece a la mía. Esto no son más que palabras, para esa persona que se perdía mirando la sensualidad de un aljibe encalado en Almería, o de la blanca arquitectura de César Manrique.

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