Las piedras de Ryoan-Ji

Gasto mi tiempo en recordar  su vulgaridad, su insultante simplicidad, y la forma de organizar el mundo desde su estática y su firme convicción de revolución verde y callada. Ese desprecio altivo y pétreo de quien controla la inmensidad y sobre todo del que sabe que está en su lugar en el mundo. También me acuerdo de cómo aquel día llegué allí, con Gian, desde Ninna-Ji y de cómo no escribí nada más hasta el día siguiente, porque sencillamente, no podía verbalizar lo que encontré.

Sé que aquel día me preocupé, no sólo porque amenazaba lluvia, como todos los días de aquel viaje. Sé que los yenes tintineaban al caer de mi mano al plato, como lo hacían todas las monedas del mundo desde las manos de millones de personas, una música sin dimensión, con su propia medida y su propia cadencia. Ése también era el sonido metálico que hacían los dragones, como aquella reverberación que oí al compás de unas maderas en Kamakura, pero en Ryoan-ji, como en muchos sitios de Kyoto, la lúbrica idiosincrasia del dinero no tenía cabida más allá del ticket de entrada.

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La fortaleza

© Ana Asensio

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A veces, cuando en tu lejanía crujen las murallas y se abren fisuras en los adarves, y en mi castillo ambulante cae la guardia en un sueño inevitable, a veces, cada tres lunas, nos desnudamos al paisaje. Sin nada. Sin nadie. Para poder tocar la punta de los dedos, y construir en una palabra, un cifrado mensaje, un jardín interminable.

 

© Ana Asensio

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Texto: Ana Asensio Rodríguez / Fotografía: Ana Asensio Rodríguez / Fecha: 17 jul 2015

Arquitecturas en papel / En la casa los fantasmas se sienten a gusto

© Ana Asensio

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“Una casa es un bloque de piedra en el que se penetra a través de unos agujeros y se circula luego por sus laberintos; en ella se encuentran toda clase de grutas, cavernas y sorpresas, lugares inhabitables y huecos de escalera; profundas cavas, graneros asfixiantes y rimeros repletos de conservas…

Alrededor hay  un gran jardín con espesos castaños, un surtidor y peces rojos; sin contar con un perro tronado que no muerde a los ladrones […] En la casa los fantasmas se sienten a gusto; tienen sus rutinas y habitan en las buhardillas.

El vino no se guarda en la nevera sino en la bodega. Los quesos son excelentes. Es un asilo para los ancianos y un paraíso para los críos. Es casi indispensable que en la cubierta figure una veleta […] En invierno, la casa cruje bajo el embate de la tormenta y los niños se duermen temiendo al lobo feroz con un sueño absolutamente humano, saturado de irracionalidad, pesadillas y temores estacionales.”

© Ana Asensio

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Texto: Félix de Azúa citando a Alexandre Vialatte. Diccionario de las Artes / Fotografías: Ana Asensio Rodríguez / Fecha: 19 Jun 2014