Arquitecturas en papel / Perdiéndose en la lejanía

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Un balcón estrecho extendíase a todo lo largo del cuarto. Pero aquello que en la ciudad natal de Karl hubiese sido el más alto de los miradores, aquí permitía tan sólo una visión que abarcaba apenas una calle —una calle que corría rectilínea y por eso como en una especie de fuga, entre dos hileras de casas verdaderamente cortadas a plomo— perdiéndose en la lejanía, donde entre espesa bruma se elevaban gigantescas las formas de una catedral. Y por la mañana y por la noche y en los sueños nocturnos se agitaba esta calle con un tráfago siempre apresurado que, visto desde arriba, aparecía como una confusa mezcla en la que se hubieran esparcido comienzos siempre nuevos de figuras humanas desdibujadas y de techos de vehículos de toda clase; y desde allí elevábase otra capa más de la confusa mezcla, nueva, multiplicada, más salvaje, formada de ruido, polvo y olores, y todo esto era recogido y penetrado por una luz poderosa dispersada continuamente por la cantidad de los objetos, llevada lejos por ellos y otra vez celosamente aportada, y que para el ojo embelesado cobraba una corporeidad intensa, como si a cada instante, en repeticiones sin fin, estrellase alguien con toda fuerza, sobre esta calle, una plancha de vidrio que cubriera las cosas todas.

Fragmento de la novela póstuma “América” (1927) de Franz Kafka / Seleccionado por AAAA magazine / Portada de la edición de Emecé Editores, Buenos Aires, 1961, colección Piragua

Piedra y luz

Todos somos ramas del mismo árbol. Todos tenemos oxígeno y carbono, sosiego y movimiento, luz y oscuridad. La diferencia está en lo que mostramos.

Nosotros nos quedamos con la luz. La del final del túnel, la del fondo del pasillo, la que se filtra por las grietas o la de un bosque al acabarse el día.

Sagrada Familia, Barcelona. © Simita Fernández

Sagrada Familia, Barcelona. © Simita Fernández

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¡Este sitio agobia! / Arquitectura y Neurociencia

¿Alguna vez has cenado en un restaurante en el que tienes que hablar a gritos para que la persona que está sentada a menos de un metro de ti te pase la ensalada?

Son muchas las veces que, en espacios públicos, habitualmente cerrados, tenemos que modificar nuestro comportamiento habitual por las condiciones espaciales. Si en el proceso del diseño del restaurante se tuviesen en cuenta las cualidades acústicas del espacio, por ejemplo, colocando algún material absorbente en el techo (como una tela o material poroso, a poder ser, perforado) no haría falta elevar el volumen de la voz para dirigirse a los comensales que nos acompañen.

Restaurante Yakitoro, Calle Reina 41, Madrid Estudio Picado de Blas, 2014. Perfecto ejemplo de acondicionamiento acústico.

Restaurante Yakitoro, Calle Reina 41, Madrid Estudio Picado de Blas, 2014. Perfecto ejemplo de acondicionamiento acústico.

Una explicación más sólida del suceso del restaurante, comienza por comprender que la respuesta que los humanos mostramos hacia la arquitectura se asienta generalmente sobre emociones a priori subjetivas como “Me gusta este espacio porque es muy amplio”, o “No me gusta esta oficina porque no tiene luz natural”. Pero detrás de estas respuestas emocionales hay una base científica que las explica. Varios equipos de neurocientíficos han demostrado que en el momento en el que nos adentramos en un espacio se desencadenan una serie de actividades en nuestro cerebro que afectan a nuestras emociones, nuestra salud e incluso al desarrollo de nuestra memoria.

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Arquitecturas en papel / Donde los vencejos anidan en verano

© Ana Asensio Rodríguez

© Ana Asensio Rodríguez

El hospicio

Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas.
Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
de antigua fortaleza, el sórdido edificio
de agrietados muros y sucios paredones
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!
Mientras el sol de enero su débil luz envía,
su triste luz velada sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,
a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
sobre la tierra fría la nieve silenciosa…

 

Poema ‘El Hospicio’, fragmento de  Campos de Castilla, de Antonio Machado (1912) / Fotografía: Ana Asensio

Arquitecturas en papel / Vengo helada por paredes y cristales

Luna:

Cisne redondo en el río,

ojo de las catedrales,

alba fingida en las hojas

soy; ¡no podrán escaparse!

¿Quién se oculta? ¿Quién solloza

por la maleza del valle?

La luna deja un cuchillo

abandonado en el aire,

que siendo acecho de plomo

quiere ser dolor de sangre.

¡Dejadme entrar! ¡Vengo helada

por paredes y cristales!

¡Abrid tejados y pechos

donde pueda calentarme!

¡Tengo frío! Mis cenizas

de soñolientos metales

buscan la cresta del fuego

por los montes y las calles.

Pero me lleva la nieve

sobre su espalda de jaspe,

y me anega, dura y fría,

el agua de los estanques.

[…]

Cortijo del fraile, donde tuvo lugar el crimen que se relata en Bodas de Sangre de Lorca. © Ana Asensio

Cortijo del fraile, donde tuvo lugar el crimen que se relata en Bodas de Sangre de Lorca. © Ana Asensio

 

 

Fragmento: ‘Bodas de sangre’, de Federico García Lorca (1933) / Fotografía: Ana Asensio Rodríguez