Arquitecturas en papel / No debía subsistir largo tiempo

Los troyanos asaltan con éxito la muralla y el foso del campamento aqueo. Héctor, con una gran piedra, derriba la puerta de entrada al campamento y abre una vía de acceso a sus tropas.

En tanto que el fuerte hijo de Menecio curaba, dentro de la tienda, a Eurípilo herido, acometíanse confusamente argivos y troyanos. Ya no había de contener a éstos ni el foso ni el ancho muro que al borde del mismo construyeron los dánaos, sin ofrecer a los dioses hecatombes perfectas, para que los defendiera a ellos y las veleras naves y el mucho botín que dentro se guardaba. Levantado el muro contra la voluntad de los inmortales dioses, no debía subsistir largo tiempo.

Mientras vivió Héctor, estuvo Aquiles irritado y la ciudad del rey Príamo no fue expugnada, la gran muralla de los aqueos se mantuvo firme. Pero, cuando hubieron muerto los más valientes troyanos, de los argivos unos perecieron y otros se salvaron, la ciudad de Príamo fue destruida en el décimo año, y los argivos se embarcaron para regresar a su patria; Posidón y Apolo decidieron arruinar el muro con la fuerza de los ríos que corren de los montes ideos al mar: el Reso, el Heptáporo, el Careso, el Rodio, el Gránico, el Esepo, el divino Escamandro y el Simoente, en cuya ribera cayeron al polvo muchos cascos, escudos de boyuno cuero y la generación de los hombres semidioses. Febo Apolo desvió el curso de todos estos ríos y dirigió sus corrientes a la muralla por espacio de nueve días, y Zeus no cesó de llover para que más presto se sumergiese en el mar. Iba al frente de aquellos el mismo Posidón, que bate la tierra, con el tridente en la mano, y tiró a las olas todos los cimientos de troncos y piedras que con tanta fatiga echaron los aqueos, arrasó la orilla del Helesponto, de rápida corriente, enarenó la gran playa en que estuvo el destruido muro y volvió los ríos a los cauces por donde discurrían sus cristalinas aguas.

 

Fragmento de la Ilíada (CANTO XII, Combate en la muralla), de Homero / Seleccionado por AAAA magazine / 

Arquitecturas en papel / Esos muros, vuestra tumba

© Ana Asensio Rodríguez

© Ana Asensio Rodríguez

“Todas las mañanas, a la hora del almuecín, se subía al tejado de su casa, una de las más altas de la ciudad, no para llamar a los creyentes a la oración, como había hecho durante años, sino para escrutar a lo lejos el objeto de su justa furia.

-¡Mirad -gritaba a sus vecinos no del todo despiertos-, están construyendo allí, en el camino de Loja, vuestra tumba, y vosotros en la cama, esperando que vengan a enterraros! ¡Venid a ver, si Dios quiere abriros los ojos! ¡Venid a ver esos muros que ha levantado en un solo día el poder de Iblis el Maligno!

Con la mano tendida hacia el oeste, apuntaba con sus afilados dedos hacia las murallas de Santa Fe que habían empezado a construir los reyes católicos en primavera y que, a mediados del verano, tenía ya el aspecto de una ciudad!”.

Fragmento de ‘León el Africano’, de Amin Maalouf (1988), relatando la invasión cristiana, y la caída de Granada / Fotografía: Ana Asensio Rodríguez

La fortaleza

© Ana Asensio

© Ana Asensio

 

A veces, cuando en tu lejanía crujen las murallas y se abren fisuras en los adarves, y en mi castillo ambulante cae la guardia en un sueño inevitable, a veces, cada tres lunas, nos desnudamos al paisaje. Sin nada. Sin nadie. Para poder tocar la punta de los dedos, y construir en una palabra, un cifrado mensaje, un jardín interminable.

 

© Ana Asensio

© Ana Asensio

 

Texto: Ana Asensio Rodríguez / Fotografía: Ana Asensio Rodríguez / Fecha: 17 jul 2015

Antonio Jiménez Torrecillas (1962 – 2015) / Arquine

A un mes de su pérdida, recordamos de nuevo al arquitecto granadino, a través de este homenaje en forma de artículo, escrito para Arquine [accede a la publicación original aquí]

Era Marzo, primer año de carrera y un amigo mío y yo decidimos saltarnos la sesión de proyectos para asistir a una clase de la que nuestros compañeros hablaban emocionados. Allí estaba él, una figura alta y enjuta atendía a las exposiciones de los alumnos sobre un proyecto de un cubo de 3x3x3m. Esta figura abría los ojos como platos ante los tímidos atisbos creativos que aparecían en estos cubos. Él, con la maestría de un labriego separaba la paja del grano a través de la ilusión, que transmitía con unos discursos que, aunque todavía no entendíamos muy bien, facilitaban la inmersión en la doctrina de la arquitectura. Cuatro años después, pese a que la enfermedad ya lo estaba atacando, la pasión que transmitía en sus clases seguía impoluta.

interior de la muralla nazarí ©Juan José Tenorio Feixas

interior de la muralla nazarí ©Juan José Tenorio Feixas

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