Arquitecturas en papel / Levantar desde la Acrópolis las manos

Cuando llegó al magnífico palacio de Príamo, provisto de bruñidos pórticos (en él había cincuenta cámaras de pulimentada piedra, seguidas, donde dormían los hijos de Príamo con sus legítimas esposas; y enfrente, dentro del mismo patio, otras doce construidas igualmente con sillares, continuas y techadas, donde se acostaban los yernos de Príamo y sus castas mujeres), le salió al encuentro su alma madre que iba en busca de Laódice, la más hermosa de las princesas; y, asiéndole de la mano, le dijo:

-¡Hijo! ¿Por qué has venido, dejando el áspero combate? Sin duda los aqueos, de aborrecido nombre, deben de estrecharnos, combatiendo alrededor de la ciudad, y tu corazón lo ha impulsado a volver con el fin de levantar desde la acrópolis las manos a Zeus.

 

Fragmento de la Ilíada (CANTO VI Coloquio de Héctor y Andrómaca), de Homero / Seleccionado por AAAA magazine / 

Arquitecturas en papel / Resplandecía con el brillo del sol o de la luna

Cuando así hubo dicho, Palas Atenea caminó a buen paso y Odiseo fue siguiendo las pisadas de la diosa. Y los feacios ínclitos navegantes, no cayeron en la cuenta de que anduviese por la ciudad y entre ellos porque no lo permitió Atenea, la terrible deidad de hermosas trenzas, la cual, usando de benevolencia cubriole con una niebla divina. Atónito contemplaba Odiseo los puertos, las naves bien proporcionadas, las ágoras de aquellos héroes y los muros grandes, altos, provistos de empalizadas, que era cosa admirable de ver. Pero, no bien llegaron al magnífico palacio del rey, Atenea, la deidad de ojos de lechuza, comenzó a hablarle de esta guisa:

—Éste es, padre huésped, el palacio que me pediste te mostrara. […]

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Arquitecturas en papel / Sus columnas son piernas de mujer vestidas de medias negras

“Alzo la vista hacia el friso de aquella biblioteca pública que se asienta en medio de la plaza como un templo antiguo: entre sus triglifos se inscribe el bucráneo que habrá dibujado algún arquitecto aplicado sin recordar, probablemente, que aquel ornamento traído de la noche de las edades no es sino una figuración del trofeo de caza, pringoso aún de sangre coagulada, que colgaba el jefe de familia sobre la entrada de su vivienda.

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Arquitecturas en papel / Palacios en las llanuras, casas en las montañas

Sura 7. Al-A‘raf (Los Lugares Elevados)

74. Recordad cuando os hizo sucesores, después de los aditas, y os estableció en la tierra. Edificasteis palacios en las llanuras y excavasteis casas en las montañas.

Sura 16. An-Nahl (Las Abejas)

68. Tu Señor ha inspirado a las abejas: «Estableced habitación en las montañas, en los árboles y en las construcciones humanas.[…]

Sura 26. Ach-Chu‘ara’ (Los Poetas)

128. ¡Construís en cada colina un monumento para divertiros!
129. ¿y hacéis construcciones esperando, quizá, ser inmortales?

Sura 22. Al-Hajj (La Peregrinación)

45. ¡Qué de ciudades, impías, hemos destruido, que ahora yacen en ruinas…! ¡Qué de pozos abandonados…! ¡Qué de elevados palacios…! […]

Sura 25. Al-Forqan (El Criterio)

10. ¡Bendito sea Quien, si quiere, puede darte algo mejor que eso: jardines por cuyos bajos fluyen arroyos, palacios!

Sura 27. An-Naml (Las Hormigas)

52. Ahí están sus casas en ruinas, en castigo de su impiedad. Ciertamente, hay en ello un signo para gente que sabe.

Sura 29. Al-‘Ankabut (La Araña)

41. Quienes toman amigos en lugar de tomar a Dios son semejantes a la araña que se ha hecho una casa. Y la casa más frágil es la de la araña. Si supieran…

Sura 52. At-Tur (EL Monte)

1. ¡Por el Monte!
2. ¡Por una Escritura, puesta por escrito
3. en un pergamino desenrollado!
4. ¡Por la Casa frecuentada!

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Fragmentos seleccionados de El Corán (versión castellana de Julio Cortés)

 

 

 

Arquitecturas en papel / Aquellas habitaciones frías y lujosas

“Pedro no comprendía nada. De nuevo tuvo el convencimiento de que todo aquello no podía ser de otro modo y obedeció a Ana Mikhailovna, que abría ya la puerta.

Ésta daba a la antecámara. El viejo criado de las Princesas hacía punto de media sentado en un rincón. Pedro no había estado nunca en aquel lado del palacio, ni sospechaba siquiera la existencia de aquellas habitaciones. Ana Mikhailovna preguntó a una camarera que le salió al paso con una botella sobre una bandeja, llamándola «querida» y «corazón mío», cómo se encontraban las Princesas, y condujo a Pedro por el pasillo embaldosado. Del corredor pasaron a una sala apenas iluminada, que daba al salón de recibir del Conde. Era una de aquellas habitaciones frías y lujosas que Pedro ya conocía, pero entrando por la puerta de la escalera grande. En medio de esta habitación encontrábase una bañera vacía y un gran charco en torno suyo sobre la alfombra. Al verlo, el criado y un sacristán, que tenía en la mano un incensario, desaparecieron de puntillas, sin prestarle gran atención. Entraron en la sala de recibir, que reconoció Pedro por dos ventanas italianas que daban al jardín de invierno, un gran busto y un retrato de tamaño natural de Catalina. 

En la sala, las mismas personas, casi con las mismas actitudes, hallábanse sentadas y hablaban en voz baja. Todos callaron para contemplar a Ana Mikhailovna, con su cara pálida y llorosa, y al corpulento Pedro, que la seguía con la cabeza baja.”

 

Fragmento de Guerra y paz, de León Tolstoi (1969)