Casas de marca

Ya están aquí, y mucho han tardado, las casas de marca. Hace unos meses paseaba por Torre del Mar, en Málaga (España), cuando me encontré el siguiente anuncio publicitario.

Peregrino e insultante para con sus potenciales clientes. Arquitectura que para comercializarse no promociona su calidad  ni cualidades, sino que el reclamo más apropiado es la marca de su autor (el cual da para varios textos, pero ese no es el tema). Es duro pensar que tras haberse hecho un estudio profesional de mercado se concluyera que lo mejor que se podía decir de estas casas para venderlas era quién las había hecho.

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La ciudad sin nombre

© Daniel Natoli - Edificaciones improvisadas. Tomada con una Diana F+ con un acople trasero para Polaroid.

© Daniel Natoli – Edificaciones improvisadas. Tomada con una Diana F+ con un acople trasero para Polaroid.

La ciudad sin nombre es aquella que surge en los márgenes de la globalidad, en los suburbios de las grandes capitales expoliadas, en las naciones productivas, en los pueblos que exportan a precio irrisorio y que, por el contrario, importan demasiado poco.

La ciudad sin nombre se compone de casas a medio construir que se extienden hasta donde alcanza la vista; llanuras y lomas atiborradas de edificaciones improvisadas, a menudo de bloques de hormigón, ladrillos o adobe, que echan en falta algún tipo de decoro en su fachada que revista sus carencias. Son viviendas desnudas, tan transparentes como los rostros de quienes las habitan, tan austeras como la propia comida que allá dentro se cocina.

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Ciudad de círculos y líneas / Londres

© Ana Asensio

© Ana Asensio

La ciudad habla, y nos regala un telón de fondo en cada fachada. El espacio se pliega, se ensancha y gira, ahí afuera. La vida que se desarrolla extramuros de las edificaciones, esconde tras los ladrillos y enredaderas su mitad oculta.

Todas las ciudades albergan mundos diferentes, mallas superpuestas que producen una escenografía múltiple, que no siempre veremos. La ciudad de los gatos, arriba, en los tejados; la rápida calzada de los coches; los sótanos clandestinos. Nuestra estructura mental de la ciudad, de cómo dialogamos con ella, viene generada por los recorridos que en ella podemos permitirnos, y por la escena que en ellos nos envuelve.

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El Experimento de la Colectividad

Spangen

Spangen State de J.P. Oud – Rotterdam ©Pablo Abad Fernández

“Los tres suben al ‘bloque de Saddam’, como le dicen al edificio en el argot popular. A algún Gropius barato y visionario, un urbanista de medio pelo, le pareció que los bloques de viviendas de la periferia estaban estructurados de una manera tan genial que, más tarde o más temprano, las clases altas se volverían locas por vivir en algo así, y, como consecuencia de esa idea revolucionaria, el bloque en el que Simpel vive con su familia está en un barrio mejor; es un bloque de viviendas de la peor especie, y el urbanista mencionado, en su fe ciega, tuvo que luchar por su visión-de-un-bloque-de-viviendas-unifamiliares-para-la-clase-alta como si luchara por su propia vida, a fin de lograr que el edificio se construyera en este barrio. (…)

A nadie le gusta el bloque; y a la gente que vive en este barrio no le gusta la gente que vive en el bloque; a su vez, a la gente del bloque no le gusta la gente del barrio; y a la gente del barrio, por su parte, no le gusta el bloque en sí, y a la gente del bloque tampoco le gusta el bloque en sí, y ni siquiera se gusta precisamente a sí misma.”  [Cocka-Hola Company,Matias Faldbakken]

He tenido la suerte de poder conocer varios ejemplos de bloques de vivienda diseñados por algunos de los más importantes arquitectos. Los he visitado, rodeado, fotografiado, observado, recorrido, algunos los he conocido por fuera y otros también por dentro. Recuerdo con especial interés y admiración el Ruedo de Oíza junto a la M-30 en Madrid, Las Unités d’Habitation de Le Corbusier para Marsella y Berlín, el Spangen State de Oud en Rotterdam o las viviendas sociales de Siza para Bouça en Oporto.

Pero, ¿funcionan estos bloques de vivienda?

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Diario Íntimo

El sol cae de sueño, dejándose mecer entre los brazos de unas nubes grises disueltas por la música. “Llorona” suena de fondo, llevándose las últimas motas de escarcha de la piel. No importa el dónde. No importa con quién. El día acaba, y tras él otro, aderezado con nuevos sabores, salpicado con nuevas personas, sombreado con nuevos aromas, que nunca podrán desbaratar el paño urdido de la rutina.

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© Ana Asensio

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